VAMOS A QUEMAR EL AÑO VIEJO

A los 15 años, pasar el año nuevo, era algo más complicado de lo que parecía.
Económicamente la juguería ya funcionaba. Días antes mamá nos encargaba unos vestidos en la modista y me encantaba, porque yo podía ayudar haciendo el diseño.


En relación con la cena, tocaba Cerdo al horno con guarniciones de ensaladas, papas y pan.
Aparte, papá compraba las luces de bengala, cohetes (cuete coloquialmente) pequeños y algún que otro fuego artificial, que solo él lo hacía explorar por temas de seguridad.


Llegábamos a las 11 pm a casa de la Urb. EL Trapecio, nos bañábamos, nos cambiábamos y ayudábamos a poner la mesa y demás.
Luego esperábamos que sean las 12, nos abrazábamos y brindábamos por el Nuevo año.


Esto sería lo normal, pero en casa teníamos algunas supersticiones. Las 12 uvas preparadas para ir comiendo una a una y pidiendo los deseos.
Teníamos que tener la ropa interior, el calzoncito amarillo (el color de la suerte que se utiliza en Perú) el cual decían que nos lo teníamos que poner a las 12 y tras la puerta de casa.


Ya nos pueden imaginar a todos desfilando tras la puerta, incluido mi padre. Pero, bueno fuera que aquí acabará todo, que va, mamá tenía una muy buena, que era sacar sus ahorros y tirar el dinero al suelo y pisotearlo, decía que así nos sobraría el dinero. La gracia era que al final no dejaba salir a nadie de casa hasta que no recuperaba todo.


Otra que comenzamos ese año fue salir con una maleta a cuestas y dar la vuelta a la manzana, nos decían que eso te ayudaría hacer viajes importantes. Pero la gincana en la que habíamos convertido la celebración no terminaba aquí, teníamos que tener en los bolsillos un puñado de lentejas, porque se dice que así nunca te faltaría que comer.


Una vez que mi madre nos daba el visto bueno para salir, al haber recuperado su dinero, encendíamos el muñeco de trapo que días antes con gran esmero se preparaba y se tenía que poner a una distancia prudente de las casas con el fin de no provocar incendios.
Nosotros lo poníamos en una silla de fierro que ya tenía el junco destrozado y armábamos encima el muñeco. De tantos años teníamos práctica; un pantalón y algún polo que se rellenaban con papel, telas, etc. Con medias hacíamos los brazos y la cabeza.


Los muñecos también se encendían a las 12, y se decía que era para quemar el año viejo y que el fuego se llevaría todo lo malo de nuestro hogar.
Era bello ver arder el muñeco, en el barrio antes se veían muchos, cada cual más grande y curioso por los gestos, poses, medidas atuendos, que en los días previos se podían observar.


Lo recuerdo tan claramente e incluso puedo escucharlos; mamá se reía bajito y por momentos le salía la risotada, mi padre un niño más feliz corriendo de un lado a otro queriéndolo hacer todo para que nada nos falte.


Mamá tratando que el dinero no se meta bajo la mesa, para no perderlo de vista y papá abriendo el Champán, todos con la boca llena de uvas ja ja ja era muy divertido, muy entrañable, ahora recordándolos se ve como si todo hubiera estado orquestado, todo preparado para que sea un precioso y dulce recuerdo.
Ya sin aliento entrabamos a casa, mis padres servían la cena, terminábamos y seguía el chocolate con el panteón, y claro yo me pregunto, ¿Por qué ahora ya no puedo comerme eso de seguida? Ji ji ji.


Nosotros también trabajábamos ese día en la juguería, y aún saliendo tarde y cansados el espíritu y el alma se nos llenaba de ganas por compartir los correteos haciendo una u otra creencia pensando en el bien del hogar.


Con 15 años, luego de haber terminado la copiosa cena buscaba a mi amiga, mi mejor amiga del barrio, mi amiga de siempre Chela Távara Guerra, yo iba a saludar a su familia o ella venía a casa. También saludábamos a los vecinos con quienes nos cruzábamos. Luego hacíamos un grupito de 6 o 7 amigos y nos pasábamos por el barrio


Reventábamos cuetes que venían en una sarta de varios unidos. Llevábamos un poco de pabilo encendido y lo íbamos soplando para que no se apagara y poder prender los cuetes. Algunas veces el cuete no se prendía, pero yo nunca lo intentaba encender nuevamente porque papás ya se habían encargado de contarme mil historias de niños que se quedaban sin dedos o sin la mano por hacerlo. Los más avezados lo hacían, incluso lo partían en dos y lo encendían.


Lo sorprendente era que mis padres para las fiestas y más la de Navidad y Año Nuevo me insistían en salir a compartir.
Con los amigos del barrio conversábamos hasta buscar alguna casa con fiesta o nos poníamos a escuchar música, realmente éramos jóvenes sanos y algo niños, versus lo que se puede ver hoy en día.


Ese fue el primer año que llegué a casa casi al amanecer, habíamos estado bailando en la casa de un vecino cerca de mi casa.
Cuando llegué mis padres ya dormían. Nunca olvidaré esa preciosa sensación de cobijo y de protección que sentía cuando me acurrucaba a dormir entre los dos disfrutando de su compañía.


Feliz Año 2022, que este año demostremos que hemos crecido y aprendido de estos tiempos de pandemia. Los invito a vivir en Paz, con Fe y Optimismo y si podemos ayudar a nuestro Prójimo mucho mejor.

VAMOS A POR MÁS!

RECIBE MIS ÚLTIMAS PUBLICACIONES

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *