En una cajita muy chica de metal, antigua muy antigua encontré dos semillas de huayruro.
Yo tenía unos 10 años y pregunté a mamá: ¿Qué eran?En la habitación de mis padres había un precioso armario de cedro enorme de tres puertas.
Las puertas de los laterales, las grandes eran para ropa, el centro estaba dividido en cajones para la ropa de cama, las toallas ropa interior y la puerta del centro que quedaba encima de los cajones, para mí, en ese tiempo con 10 años, era el lugar de los tesoros. La llave de esa puerta nunca estaba a mano y la manejaba solo mamá.
Ahí guardaba sus cartas, fotos, regalos, la grabadora que para nosotros era mágica y sus joyas, no solo de ella sino también las que pudo dejarle su madre.
Dentro de una caja de joyas, había cajas de metal más pequeñas, en una de ellas mamá guardaba nuestros dientes, sí los de leche.
Cuando encontré la cajita con dos huayruros, pregunté a mamá. Me explicó que cuando los niños son pequeños y los viven a visitar hay personas que tienen sin querer malas energías y al ser los bebés tan indefensos esa mala energía la absorben.
«Esos huayruros son los que ustedes llevaron hasta los dos años de pulsera, con una cinta roja».
También se tenía la tradición de pintar en la frente un punto rojo para que la mala energía pierda fuerza y no dañe al bebé.
Le pregunté a mi madre: ¿Cómo se daban cuenta de que tenían mal de ojo?
Mi madre me dijo: porque de seguida los bebés no paran de llorar y llorar. Tú siempre sufrías de mal de ojo. Bueno yo que me iba a acordar ji ji.Al hablar de ese tema recordé haber crecido entre los olores del agua Florida y el Eucaliptus.
Iba creciendo y me avergonzaba mucho si algún amigo, conocido o vecino de mis padres se acercaba y quería saludarme. El decir: Que pestañas más grandes, que cachetes, yo de seguida corría a esconderme tras las piernas de mamá o en los brazos de mi padre. Me era incómodo y había gente que insistía por tocarme o cargarme.
Algunas veces que mi madre me llevo algún cumpleaños o al Colegio Ferrocarril, actual Colegio Manuel González Prada, ese día si era muy difícil porque eran aulas de unos 30 niños, de unos 12 o 13 años y el momento de recreo todos venían a distraerse con uno, cogerte, darte un beso y llevarte de la mano para jugar. ¿No sé por qué me sentía incómoda? Pero me pasaba siempre. Lamentablemente no quedaba solo ahí, sino que me comenzaba a doler la cabeza, vomitaba y muchas veces no paraba de llorar lo cual incomodaba a cualquiera. Ya en casa y en ese estado recuerdo mucho que estaba en la habitación y que traían a la vecina que sabía hacer la limpia con huevo.
La Señora se ponía agua florida a las manos y el olor me envolvía en una dulce sensación.
Luego sentía sus manos fuertes, pero tocándome con calma y con cuidado, sus manos siempre tibias me desprendían del ropaje y con movimientos delicados me cogía con una mano y con la otra me iban pasando por todo el cuerpo el huevo.
Escuchaba algo como un mantra, como un rezo. No llegaba a distinguir las palabras porque lo decía muy bajito con mucha suavidad, como un murmurando.
Cuando terminaba me pasa agua florida de los pies a la cabeza y me bendecía.
Creo que desde que entraba a la habitación yo ya comenzaba a sentir sentir un gran alivio. Con forme fui creciendo me di cuenta de que después en un vaso con agua aquella mujer rompía el huevo y lo dejaba caer en el vaso el cual ponía a contra luz. Observaba detenidamente, descifrando las imágenes, sombras, ojos que decía ver, y concluía con el motivo por el cual me sentía mal, que en mi caso la mayoría era por mal ojo.
Siempre se decía y recomendaban alguna persona especial que haga la cura, no cualquiera lo podía hacer.
Me costaba relacionarme y claro ahora pensándolo, ¿Cómo no? Si siempre terminaba llorando por el malestar que me ocasionaba el mal de ojo.Hace algunos años, uno de mis primos, me recordó lo antisocial que era.
Me explicó un episodio de cuando yo tendría unos 11 años. El siempre aventurero mochilero viajaba con un amigo. Aparecieron sin más por la casa del Trapecio, ellos unos 3 o 4 años más grandes.
Me reí cuando me contó, no lo recuerdo, pero le creo. Dice que todos conversábamos, no estaban mis padres, su amigo me estaba hablando, se acercó y me puso la mano en el hombro ja, ja, ja, yo con 11 años le mordí la mano y le dije: «CACA».
Mi primo me dice que de vez en cuando se frecuentan recuerdan ese episodio y no paran de reír.
Dedicado a esas personas que conservan nuestras tradiciones ancestrales y saben ponerlas en práctica.

