«Tienes que subir mismo hombre araña, en vertical, para llegar al nicho».
El nombre del Cementerio fue puesto en honor al hijo de nuestro creador. El Cementerio «Divino Maestro» de la Sociedad de Beneficencia de Chimbote, comenzó su funcionamiento el 20/08/1956. Está ubicado en la Av. Chimú cuadra 5, en Laderas del Norte, en Chimbote.
Tras estos recintos hay mucha vida.
Cuando visitaba el cementerio, al frente había algún que otro negocio dedicado a la venta de lápidas y otros servicios relacionados con el Campo Santo.
Al frontis se ubicaban los vendedores de flores. Mayormente se les veía para fechas importantes; día de la madre, del padre, día de los difuntos o Navidad.
Aquí también se podía encontrar a los aguateros y a los que limpiaban los nichos altos.
Cuando ibas al cementerio no podías olvidarte de llevar botellas de agua cortadas para que sirvan como floreros, por que si dejabas algún florero se lo llevaban con flores y todo, también papel periódico para limpiar los cristales y garrafas de agua para limpiar y dejar las flores en agua.
Apenas bajábamos del auto los vendedores te abordaban ofreciéndote sus productos.
La entrada tenía un portón inmenso de fierro, con muchos vendedores. Alguno te seguía ofreciéndote ayuda sin confirmar que los necesitabas
. Aquellos eran en su mayoría niños, había pocas niñas. Ellos tenían claro a lo que iban y mantenían sus miradas fijas en los mayores y más en las madres, repitiendo el mantra Señora le ayudo, Señora… Cargaban botellas de agua, tarros de leche, ramitos de flores, algún trapo. Su imagen y entrega enternecían, casi siempre los dejaban ayudar y al final les daban alguna propina.
Recuerdo visitar a mi abuela al pabellón de la derecha con una ubicación media.
El camino estaba acompañado de las clásicas plantas de flores rosa con un aroma muy dulce. Alguien me dijo que se llamaba flor de muerto, pero investigando ahora sé que se llama Laurel en flor, adelfa o trinitaria.
Los actos eran rutinarios, primero la abuela, su nicho tenia una reja y un espacio hasta el mármol donde se podía dejar las flores o regalos y a los costados tenía unos pequeños floreros en mármol, en forma de hoja.
Al abrir la puerta del nicho te invadía ese olor característico del agua y las flores descompuestas
Una vez limpio, contábamos los tallos de las flores a medida de los floreros.
Recuerdo escuchar el murmullo de mi madre rezando en voz muy bajita, como un lamento y ver sus lágrimas caer.
Yo aprovechaba en encender la velita, la clásica velita Misionera y sentir el suave olor de la cera quemándose.
Aún tengo el recuerdo de mamá despidiéndose con la mano en el cristal persignándose y llorando, era un momento especial para ella.
Luego nos íbamos por el medio del cementerio, pasábamos al rededor del altar donde alguna vez vimos que se llevaba a cabo las misa.
Siempre me llamaba mucho la atención la Cruz grande ubicada en esa zona. Mamá me contaba que en el terremoto de 1970 murió mucha gente en Chimbote, algunos no fueron identificados. El cementerio «Divino Maestro», como muchos sitios, vio afectadas sus estructuras. Me decía que se derrumbaron muchos pabellones, que dejaban a la vista los ataúdes, como también se podía ver ataúdes destrozados, cuerpos en putrefacción, esqueletos, etc.
Todos los que no fueron reconocidos «NN» fueron enterrados en fosas comunes, en las pampas de cementerio y bajo la Cruz Mayor. Mamá siempre me decía que el no ser identificado era lo peor, que nadie le lloré, nadie le lleve flores, nadie piense en él o ella.
Pasada esta zona, comenzaba el arenal, una arena blanca y muy fina que se te metía por todos lados si corría mucho viento. Hacíamos ese recorrido para cortar camino.
Opuesta a la ubicación de la abuela, estaba el nicho de mi hermana menor, a un nicho de lo más alto, Los Pabellones de Niños.
Aquí es donde se lucían los limpiadores de nichos, en su mayoría pequeños, algún que otro joven de 15 o 16 años, delgados. Muy pocos tenían una escalera de madera para alcanzar su objetivo. En los 80′ los veías trepar con mucha agilidad mismo hombre araña en vertical. Subían limpiaban el nicho, ponían el florero limpio, las flores nuevas y encendían la velita.
Lo difícil era cuando no eran fechas especiales o eran días de semana que no encontrabas a nadie que te ayude en el cementerio de Chimbote. En esos casos nos acompañaba papá y él trepaba como sea, pero fui creciendo y algunos días me toco subir a mi torpe estilo hombre araña.
Uno se había de aguantar con las manos, uñas, mentón y cabeza, mientras que los que estaban abajo te iban sujetando de las posaderas, estampándote contra los nichos. Sí, ahora lo recuerdo y río, pero créanme tenía miedo de caer.
Cuando ya llegaba al nicho, solo sentía que me sujetaban de los pies, mejor era no pensar, ni ver hacia bajo.
Desde lo alto tiraba lo que encontraba y después me pasaban la botella que se usaba de florero. Muchas veces terminaba algo mojada al intentar levantar el florero, o con cera en la ropa, al tratar de poner la velita.
Ya cuando estaba a bajo veía y sentía los raspones. Recogíamos las cosas y rezábamos por mi hermana.
Mamá se quedaba sola rezando, llorando y yo aprovechaba para ver los nichos de los niños. Veía las fotos, leía los nombres, las fechas de nacimiento y de defunción, enterándome si había muerto de días, de meses o años.
Algunos dejaban unas preciosas dedicatorias, muy sentidas, llenas de amor. No faltaban las velas derretidas las estampitas, flores, los juguetes o peluches. Yo pensaba en la tristeza de esos padres sin sus pequeños y me construía historias en las que se podían reencontrar.
Dedicado a los que volaron muy, muy alto, pero siempre vivirán en nuestros recuerdos.

