JUGUERÍA MAR Y SOL IV
El verano del 80 Y 81, se fue consolidando la venta de la raspadilla, con más de doce sabores de fruta natural.
Esos años debido a la demanda, utilizábamos la clásica máquina de raspar hielo en la cual movías una manivela que hacía girar unos engranajes, que terminaban moviendo el hielo sujeto, frente a una base con una cuchilla.
Nuestras rutinas dependían de ayudar en el negocio. Después del colegio, íbamos a la juguería. Si teníamos que hacer alguna tarea del colegio, aprovechábamos después de comer y luego trabajábamos en la juguería, hasta la hora que cerrábamos el local y regresábamos a dormir a casa, en la Urb. EL Trapecio.
La fruta que se necesitaba se compraba en temporada al por mayor.
Recuerdo ver a mi padre llegar emocionado cargando la fruta. El abría las cajas y nos la enseñaba y nos daba a probar la fruta, explicándonos que había sido un buen año de producción y había conseguido buenos precios. Teníamos varios congeladores para almacenar.
En época de fresas te podías pasar uno o dos días enteros pelando 30 cajas, quitar las pepas a las guanábana, cortar piñas, pelar tamarindo, pelar un saco de maní, etc. eran tareas aburridas, pero necesarias.
Los postres siempre los trabajábamos con ayuda de papá o mamá, dependiendo a quien le salía mejor el resultado.
Nunca olvidaré una mañana que hice mazamorra, algunas cosas las compraba en Don Cipriano, tienda ubicada en el Jr. Ladislao Espinar a media calle de la Juguería. La tienda era grande, con diversidad de productos, por lo que me gustaba darme una vuelta por el local.
En la juguería utilizábamos ollas grandes. Puse el maíz morado, con canela y clavo de olor, una vez hervido lo colé dejando solo el líquido, nuevamente lo puse al fuego. Hervido le agregaba la harina de camote disuelta e iba moviendo y agregándole la piña, orejones, guindones y el azúcar, pero esta vez… el color no era el habitual, era un morado mucho más claro. Mi madre revisaba siempre la mazamorra y yo me preocupaba por haber fallado en algo, pero todo lo había hecho como siempre.
Al ver la mazamorra… Mi madre se sorprendió del color y al probarlo, no llegó a terminar lo que tenía en la cuchara y exclamó:
Esto esta muy mal, sabe.. como a… cemento…
Cemento!!!? Dije yo
De seguida mi madre me pidió el envoltorio de la harina que venía en bolsa de medio kilo, era un polvo blanco, pero la etiqueta indicaba que era cemento blanco!!! No sabía donde meterme.
Al parecer en la sección de la harinas, algún gracioso habían dejado un paquete de cemento blanco, y la verdad yo confiada, no miré la etiqueta, solo compre y lo disolví. Eche a perder muchos ingredientes y entre ellos los frutos secos que eran caros. Mi madre no dejó que me olvide de eso por mucho tiempo.
A finales de 1981, compramos una maquina eléctrica para raspar el hielo, fue un verdadero alivio. No se necesitaba fuerza para raspar el hielo, solo para cortarlo y eso ya lo manejaba a la perfección.

Los veranos anteriores podíamos tener algún descanso turnándonos los días, pero a partir de esa temporada llegamos a trabajar los cuatro, más dos personas de apoyo.
Las comidas se hacían en dos turnos, pero claro comíamos en la misma juguería. Mi padre siempre hacia siesta de media hora y salía como nuevo.
Terminábamos de comer y recargábamos las frutas cortadas. Ya no se volvía a reponer los postres por falta de tiempo.
Terminada de recargar las frutas al poco tiempo el local estaba a reventar, tratábamos de atender lo más rápido posible.
La caja de cobrar era de madera y estaba ubicada al medio, del lateral del local, en un mostrador alto para evitar robos y a los costados estaban las vitrinas exhibidoras de tortas y postres.
Teníamos horas punta por la mañana, pero por la tarde hasta las nueve, la demanda era muy alta.
Llevábamos una organización; mi madre en caja, mi hermana y una empleada en la terraza, yo con las mesas del interior y papá y una empleada preparando los pedidos.
Si alguien tenía que salir o moverse, asumíamos su trabajo.
El ruido era constante y a la par del sonido de las licuadoras, se escuchaban los murmullos y conversaciones de amigos, enamorados o familias que venían a consumir nuestros productos. La gente esperaba a que se desocupen las mesas y muchos comían incluso parados o hacían sus pedidos para llevar.
Había momentos que veía la caja abierta, yo entraba de seguida a dar soporte a mi madre, la cual cada cierto tiempo, retiraba el dinero.
Realmente yo prefería los días así, por que me parecía que el tiempo pasaba mucho más rápido.
Recuerdo claramente, como si fuera hoy, alzar la vista en buscaba de mis padres y de mi hermana, ninguno parábamos, todos al unísono mismas hormiguitas trabajando y tampoco nos quejábamos para nada.
Había alguno que otro cliente conflictivo, pero ya eran conocidos y nos avisábamos para despacharle rápido. También habían clientes que nos pedían raspadillas, jugos o milkshake y nos decían de cualquier sabor. Para nosotros que nos dedicábamos a esto, era incómodo por que cada fruta es muy diferente y depende mucho de los gustos personales, le pedíamos escoger algún sabor, y alguno nos decía; ponme el que más te guste a ti,
Oh no!!! Eso era perder el tiempo, pero yo siempre les servía mi combinación perfecta para raspadillas, coco y fresa, no tenía pierde.
En verano, todos lo días eran de fuerte trabajo. Había algún cliente que pasaba al día siguiente por la juguería para pagar por haber estado la caja ocupada. Mi madre nos llamaba la atención cuando esto pasaba y nos decía siempre que teníamos que estar observando todo.
Los domingos siempre íbamos a la playa, ese año solo fuimos dos veces y nunca más volvimos a ir en familia.
A medio día de los domingos abríamos la juguería y siempre encontrábamos gente esperándonos.
En el año 81 yo ya tenía 13 años, terminábamos el día más que reventados, mojados y sudados, cenábamos en el negocio. En mi caso muchas veces no tenía ni ganas de cenar, pero siempre pillaba algo de comer de la juguería.
El local lo cerrábamos a las 23.00 horas en verano y siempre nos íbamos a casa en taxi por que no nos daba el cuerpo ni para llegar al paradero de la línea tres, que quedaba a un costado del mercado modelo.
Llegábamos a casa, lo mejor la ducha, yo era de las primeras que me metía, eso era siempre a las ganadas, por que solo teníamos un baño.
Luego nos quedábamos viendo televisión un rato y al poco tiempo a la cama, mientras mamá y papá aún seguían. Eso sí, los días viernes o sábado que pasaban box, yo siempre me quedaba por que me encanta. Una de las mejores peleas que recuerdo 1983, del peruano que estuvo a punto de noquear y ganar la corona mundial de los ligeros, el memorable Orlando Romero “Romerito” vs “Boom Boom” Mancini. Recuerdo mucho a mis padres y a mi, con nuestras críticas frente a los momentos de efervescencia de los combates.
En recuerdo a mis padres; Esperanza Yon Goín y Ricardo Lora Wekselman.

