Cuenta la leyenda, que hace muchos siglos atrás, había una mujer que creció en el pueblito llamado Chimbote, cuando aún se trataba de un sitio de barracas y casi todos se dedicaba a la pesca.
Aquella mujer fue creciendo, era hija única, sus padres cuidaban mucho de ella, buscando el mejor futuro para su hija.
Un día, regresando de pasear con sus padres por la Plaza Principal, se cruzaron con un bello joven, alto y fuerte, ella le quedó mirando y él respondió a su mirada, sin poder evitarlo, ella le sonrió.
Se cruzaron solos, nuevamente en el mercado, ella se acercó y entabló conversación con aquel bello joven.
La tercera vez que se vieron, él estaba acompañado de una linda dama. Ella lo saludó con efusividad. Pero ese mismo día nuestra joven se enteró, que era la esposa de aquel bello joven.
Su corazón se sintió triste y al poco tiempo le pidió a sus padres viajar al pueblo de sus abuelos para poder olvidarlo.
Pasaron años y años y la joven ya mujer casada y con una hija, regresó a Chimbote por su madre. Aquella madre estaba muy enferma y a los días de la llegada de su hija falleció. Ella se quedó a vivir con su padre.
Lo cierto es que desde que supo que regresaba pensaba en aquel joven que enamoró por primera vez su corazón.
El destino les jugó una mala pasada y volvió a cruzar sus caminos. Está vez, ellos conversaban seguido, intentaban siempre verse al atardecer para que nadie les perturbe.
Cuentan que se les veía por el malecón de Chimbote muy enamorados y risueños.
Ella siempre, siempre lo amo, cuando estaban juntos no hablaban de sus hogares, era como si al encontrarse, solo existieran ellos y su precioso sentimiento con el escenario de los atardeceres en Chimbote.
En los brazos de su amado, ella podía jurar que era su compañera de vida.
Al año llegó su marido y su hija, las cosas se complicaron, porque aquellos que sentían algo especial no se podían ver.
Los murmullos de los vecinos hablaban de sus andanzas.
Ellos se echaban en falta, pero ella sufría al no verlo, se angustiaba, no podía con ese sentimiento tan grande que la devoraba por dentro.
Una tarde que logró salir de casa, encontró a su amado viendo el atardecer solo. Ella no pudo más y le pidió al amor de su vida, irse juntos y dejar todo atrás… pero él soltó su mano de seguida, le dijo que no sería fácil, que tenían familia los dos.
Ella sintió que su mundo se caía a pedazos, que su corazón sangraba de dolor, le suplicó a su amado pensarlo, pero su dilema fue mayor al ver que su amado también sufría.
Estando sola, una tarde, ella le habló al atardecer; ¿Dime qué hago bello atardecer?.
El atardecer, que sabía el amor que se tenían, le dijo: ¡Hay amores que no pueden vivir!
La siguiente vez que se pudieron ver, ella ya no era la misma, el corazón se le había muerto en vida. Él sufría de solo verla, pero ella sabía que no iría a más, el final ya estaba anunciado.
La última tarde que se vieron ella corrió hacia él emocionada, lo abrazó dulcemente, le dio un beso en la frente y le dijo que le buscaría, él no la entendió, quiso volver a preguntar, pero ella le abrazó fuerte y le dijo al oído: TE AMO.
Que triste fue para su amado, verla como se fundió en sus brazos y desapareció con el sol del atardecer.
Cuenta la leyenda que nunca hay un atardecer sin un amor. Su corazón adolorido no pudo seguir. Le había dicho a su amado que le buscaría, sí, que le buscaría en las vidas que tuviera.
En Chimbote, si ves el atardecer, puedes coincidir en el día que ella, le recuerda su amor eterno, reflejándolo en esos melancólicos atardeceres, ella pinta el atardecer de color rojo con su sangre y le espera hasta que llegue el anochecer.
Dedicado al amor, el regalo más bello que nos pudo dar Dios.
Foto:(Sixto Villacorta – Plaza Almirante Miguel Grau).

