LOS OJOS DEL PRÓJIMO

Muchas familias en Chimbote en los 80 acostumbraban a inscribir a sus hijos en los grupos parroquiales.

Cuando viví en el centro de Chimbote, me uní al grupo de la parroquia Matriz San Carlos Borromeo. Las reuniones las teníamos en los salones de la iglesia y cuando éramos muchos nos reuníamos en la Diócesis de Chimbote que estaba situada en el Jirón Ladislao Espinar, calle cuatro, a media cuadra de calle Manuel Villavicencio, cerca de nuestro negocio familiar. Actualmente el local lleva el nombre de Obispado de Chimbote.

El grupo de jóvenes que participaba era grande, la Diócesis y los jóvenes que ya mostraban liderazgo, nos organizaban en diferentes grupos; coro, jóvenes cristianos, trabajo Comunal, etc.
Yo estaba en el grupo de Trabajos a la Comunidad. Solíamos conversar sobre algún párrafo de la biblia, la necesidad de vocaciones, visitábamos algún caserío de la zona, etc.

Un fin de semana fuimos a un pueblo a unos 40minutos de Chimbote, no recuerdo el nombre, pero la visita fue una impronta en mi vida.
El objetivo era obtener información de las familias que tenían necesidades básicas; alimentación, vestido, educación, etc. Íbamos casa por casa, hacíamos algunas preguntas a las familias, algo parecido a un censo. Con los datos obtenidos la Diócesis coordinaba las ayudas y las hacía llegar por medio de las parroquias aledañas a la vivienda.

El grupo era de unos 15 jóvenes que teníamos entre 12 a 16 años, yo tenía 12 años. Nos organizaron de manera individual por manzanas (calles), al acabar nos encontrábamos en la plaza principal.

Ya casi a la mitad de mi trabajo, se me acercó una señora de unos 40 años aproximadamente, de seguida me saludo y me dijo que tenía que visitar su casa. Le explique que estábamos organizados, pero ella no esperó que terminara de hablar. Me cogió de la mano y nuevamente me pidió ir a su vivienda, de tal manera que no me pude negar. La señora era bajita, de contextura delgada, con una mirada muy dulce y expresiva.
Llegamos a su casa, la cual no estaba en los planos de intervención de ese día.

Recuerdo con claridad su casita humilde con paredes de adobe sin terminar. Algunas zonas tenían techo de esteras y otros espacios no. Muy escaso mobiliario.
Conforme fuimos entrando, la Señora me dijo que su hijo se pondría muy contento por la visita, que seguro le alegraría el día.
Avanzamos unos pasos, la madre entró a una pequeña habitación, caminó unos pasos y se arrodilló mientras exclamaba; ¡Hijo mira, te han venido a visitar!
Desde el umbral de la habitación miré dentro y sentí que todo se me ralentizaba. Nunca algo en mi vida me impresiono tanto.

Había un tapete en el suelo, primero pude ver sus pies, estaba sentado con las piernas pegadas al pecho, vi sus piernas muy, muy delgadas, la parte del estómago casi pegada a la espalda, sus hombros encogidos con la piel que dibujaba sus huesos. Los brazos y manos permitían contar sus huesos sin problema. Los brazos los apoyaba en las rodillas y sobre ellos su cabeza de costado, del lado contrario a nosotros.

El joven no tenía mucho pelo, su piel se apreciaba reseca y tirante. Su rostro tenía grabada la expresión de martirio, de dolor y sufrimiento y una expresión que se desdibujaba por los ojos grandes y saltones, que enmarcaban su mirada perdida.
Del impacto de ver la imagen me senté de seguida en el suelo. ¡Que Dios me perdone! pero sentí miedo. Recordaba la voz de mi madre que siempre me decía; ¡Ten cuidado! Pero también sentí dolor en el alma por lo que había visto.

Escuché la voz de la madre, ella se volvió a dirigir a su hijo, el cual permanecía agazapado como una vestía herida de muerte a un rincón de la habitación, ¡Te han venido a visitar! siempre me dices que nadie viene a casa, ¡mira, mira!

Le cogió la mano y el hijo levantó la mirada, sus ojos tenían la desazón de la vida y el alerta de ver algo nuevo.
La madre giró de seguida hacia mí. Yo estaba sentada a unos 4 metros, a la entrada de la habitación. La madre me extendió la mano y con un movimiento de cabeza me pidió acercarme.


Al mirarla, sentí que entraba en el sentimiento de esa madre entregada a su hijo enfermo, su dulce mirada me tranquilizó y me llenó el alma de bondad. Ella me sonrió, di unos pasos, me cogió de la mano y estando a su lado me arrodille. El miedo había desaparecido.


El joven gesticuló un gemido que llamó mi atención, su madre me explicó que había dejado de hablar. Entre la dureza del rostro de aquel joven pude ver en sus ojos un esbozó de sonrisa y curiosidad. Yo sonreí y el joven volvió a gemir más fuerte moviendo la cabeza, reímos juntos.


Sentí que su madre ya no me cogía de la mano, al voltear vi a esa dulce madre riendo y llorando a la vez, tratando de secarse las lágrimas que corrían por su rostro.
¡Dios mío! nunca volví a ver algo tan hermoso, como la devoción en la mirada de esa madre por su hijo.

Casa censada:
Madre soltera, 43 años.
Sin trabajo, ni ingresos.
Un hijo de 24 años, con desnutrición severa, posible Tuberculosis TBC.
¡Necesitan Ayuda URGENTE!

Dedicado a las familias que conviven con el hambre y la enfermedad. Como también dedicado a las buenas acciones que se desarrollan en nuestro querido Chimbote y alrededores.

FOTO: (Luis Gutiérrez)

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