En fechas especiales en nuestra casa de la Urb. El Trapecio criábamos pavos, siempre teníamos unos 2 o 3. Mi madre era quien se encargaba de sacrificarlos ya que, en la Sierra, en Llapo su pueblo de nacimiento, los sacrificaban en casa y lo vivió desde muy pequeña.
Lo primero que recuerdo haber intentado ver sacrificar fue un cuy. Mamá me pidió ayuda para cogerle de las patas, pero terminé en el suelo medio desmayada, llorando y rezando por el alma del animalito. Desde entonces en casa ya sabían que no podían contar conmigo, porque la pasaba mal con pesadillas y todo.
Meses antes de Navidad mi padre escogía el pavo más fornido de los que estábamos criando y le hacía una jaula pequeña donde no se pudiera mover mucho con tal de engordarlo más y el día de sacrificarlo le daban licor para que su carne sea más suave.
Llegada la hora, mi madre metía al enorme pavo en la cocina, lo ponía en el lavadero, como sentado y procedía al sacrificio. De solo pensarlo se me escarapelaba el cuerpo.
Recuerdo un 23 de diciembre, con unos 11 años, íbamos liados y teníamos que llevar a Chimbote, a nuestra juguería el pavo sacrificado, limpio de plumas y demás para que papá lo macerara, le pusiera el relleno especial y esté listo a primera hora del día 24, esperando la cola en el horno de la Panadería Sandoval, propiedad de Serapio Sandoval, familiar nuestro.
La panadería estaba ubicada en el Jr. Alfonso Ugarte cuadra 7. He de decir que no había nada más delicioso como hornear el pavo en la panadería, se los recomiendo.
Varias familias Chimbotanas llevaban a cocinar sus pavos y por eso eran las prisas, para tener el pavo cocinado a buena hora para el día principal.
Ahí mismo papá compraba unos panecillos especiales para hacer sándwiches de pavo deliciosos.
Volviendo al día 23, yo estaba terminando de ducharme y mi madre se metió a la cocina para sacrificar al pavo. Al poco tiempo mi madre entró a la habitación a sacar de la cómoda una toalla para bañarse: ¡Vamos Mónica apura, ya estas!
Mamá entró a la ducha y yo pasé por la cocina sin ni siquiera ver de reojo, fui a la sala para esperarla viendo televisión mientras ella terminaba.
Antes de sentarme en el sofá escuché un sonido fuerte y varios sonidos continuos en la cocina, parecía que algo se movía. Me llamó la atención, y al girar la vista en dirección a la cocina aparece: ¡El pavo!
Sí, el pavo con el cuello colgando de un lado y sangre por todos lados.
Nunca en mi vida me voy a olvidar esa imagen. El animal corría, aleteando y golpeándose contra todo.
¡¡Yo!! es que… no podía creer lo que estaba viendo. Aterrada no me salía la voz, ni un grito, nada, estaba helada.
A la que el pavo salió del pasadizo que conducía a la cocina y a la ducha, corrí hacia el baño y aporreaba la puerta.
Mi madre: ¿Qué pasa? ¿Qué pasa?
Y yo… ¿Cómo no le podía explicar eso? Si ni siquiera yo lo entendía.
Por fin me salió decir: ¡Mamá, mamá!
Mi madre entre asustada y enfadada abrió la puerta del baño y yo viendo que venía el pavo, me metí a la ducha.
Mi madre; ¿Qué pasa Mónica?
Yo: ¡El pavo, el pavo!
Mi madre exclamó: ¡Oh no!
A la que fue a dar un paso el pavo se le cruzó por delante, y a mi madre se le cayó la toalla. Mi madre aún joven reacciono de inmediato cogiéndolo de las alas y sujetando el cuerpo, pesaba mucho.
Mamá lo cargo y lo metió a la cocina y a mí no había quien me saque de la ducha.
Yo era muy asustadiza y por más que me explicaban que el pavo estaba aún caliente y con vida no lo entendía, para mí era el pavo resucitado. Para sacarme la imagen de la retina pasaron algunos meses que sufrí de pesadillas y sustos a diario. Ahora me río, pero la pasé mal.
Llegada la Noche Buena, el pavo que había resucitado por unos minutos, se lució en el centro de la mesa, y nos deleitó con su exquisito sabor.

