Cuando vamos a la playa, llevamos algún sándwich, fruta, agua, o vamos a comer en algún restaurante de la zona.
Después de comer a eso de las cuatro de la tarde, lo que hemos ingerido ya pasó a la historia. La brisa del mar, el ejercicio de nadar o caminar nos abre el apetito.
No probé antes el turrón debido a tener prohibido comer en la calle, por ser enfermiza. Aparte de no frecuentar la playa Vesique.
Esta vez me lancé, de lejos lo único que distinguía era la tabla de turrones y le hice señales al vendedor.
– Hola, dame un turrón.
La vendedora, una mujer que se llama Erika, la cual va muy cubierta para que el sol no le lastime la piel. Estando frente a ella, pude observar a una mujer de rasgos marcados por el sol, con una clara imagen de fortaleza.
Lleva cargado en una mano, la tabla con los turrones, y en la otra, la base para fijar la tabla como una mesa y accesorios para atender al cliente. También usa un canguro donde tiene su dinero.
Erika trabaja aproximadamente, quince años vendiendo turrones en la Playa Vesique, pasa más de cinco horas de pie recorriendo la playa para vender su producto, todo un ejemplo de trabajo y superación.
El turrón es delicioso, la porción me pareció enorme, pero el dulce a esas horas entra de lo más bien al cuerpo.
¿Has comido los turrones que Erika vende en la playa Vesique?
¿Qué otro producto has comido en la playa?

