Sus caritas no me eran desconocidas porque todos los años visitábamos Llapo, provincia de Pallasca departamento de Ancash.
Cuando era pequeña mamá fue madrina de varias adolescentes de la Sierra.
La situación económica de las familias era deficiente, tanto que pasaban hambre, no estudiaban, les faltaba abrigo, ropa, etc.
Mi madre había crecido en Llapo, sus amistades le pedían ser madrina de sus hijas. Esta relación no era como en la costa, en la Sierra implicaba que a la madrina le podían entregar a su ahijado (a), teniendo que hacerse cargo de todas las responsabilidades que implicaba su crianza hasta la mayoría de edad.
Las niñas que más recuerdo tenían entre 11 y 13 años. Llegaban solo con la ropita puesta, sus caritas quemadas por el sol y el frío de las alturas, sus manos secas y agrietadas por el trabajo rudo, y su inconfundible mirada triste y melancólica.
Recuerdo que dormían en nuestra habitación. Las primeras noches siempre escuchaba su llanto triste y desgarrador.
Yo tendría unos 8 años, me acercaba y le preguntaba si algo le pasaba o estaba mal, ellas siempre me respondían que extrañaba a su madre, a su hogar. Para mí era difícil de entender, que una madre se desprendiera de su hija a esas edades.
Al día siguiente le contaba a mi madre lo sucedido, ella me explicaba una y otra vez la difícil situación de las familias de su pueblo.
Pasado unos días aquellas adolescentes cambiaban mucho y se iban adaptando a nuestra manera de vivir y costumbres.
Ayudaban como todos en mi casa a realizar loas labores del hogar, pero he de destacar que todo y su edad eran muy hábiles en temas de cocina y del sacrificio de los animales domésticos.
Ya no lloraban a escondidas, muchas veces me contaban su tristeza al estar alejados de los suyos y terminábamos llorando abrazadas.
Mi madre las escolarizaba y unas, más que otras, eran estudiosas, aun así la mayoría lograba culminar sus estudios de secundaria.
Para mí lo más bello era cuando veían por primera vez el mar. Creo que aún explicándoles como era, no llegaban hacerse una idea, hasta que veían nuestro precioso mar de Chimbote.
Claro al principio eran temerosas, pero luego entre juego y juego terminábamos el día quemadas por tanto sol.
La que más recuerdo se llamaba Teófila, pasó 4 años con nosotros, terminó sus estudios y mi madre logró que viajara a Lima, con otra paisana de la Sierra, donde la apoyaron para estudiar para profesora de primaria.
Era muy dulce y delicada con mis padres, les llamaba tíos, y a nosotros por nuestro nombre.
En el mes de noviembre viajábamos con ellas a la Sierra. Hasta ahora recuerdo como ir dando las últimas curvas para llegar al pueblo a visitar a su madre, y su corazón se aceleraba a mil, apenas esperaba que se detenga el camión que nos transportaba y corría a los brazos de su querida madre, una mujer pequeñita, curtida por el tiempo y el duro trabajo.
Cuando nos llegaba información de sus logros, todo cobraba sentido, después del dolor y sacrificio vividos.
Dedicada a todos los ahijados que vinieron adolescentes de la Sierra a ciudades de la costa como Chimbote, para buscarse un futuro mejor.

