Escuche las llaves abriendo la puerta, nunca había visto un hombre más alto que mi padre.
El Señor era corpulento, simpático, agradable, de muy buena presencia. Llevaba traje y un buen perfume. Me saludó con mucha cortesía, yo estaba impresionada.
En el colegio 314, estudie en horario de tarde. Algunos meses fueron difíciles en nuestro hogar, porqué pasamos de nuestra casa del Trapecio, a vivir al Centro de Chimbote, en el local del negocio de la funeraria.
Mamá trabajaba por la mañana y mi hermana también estudiaba en ese horario.
Papá se encargaba de la funeraria, por la mañana. Yo tendría unos 9 años, me despertaba a la hora que quería 11, 12 o más, no tenía control, ni horarios establecidos. Eso sí, a las 12.45 tenía que salir para el colegio, que quedaba a dos calles del negocio.
A mi padre le costó organizarse, nunca usaba reloj y no prestaba atención a la hora. A veces me despertaba y papá no estaba, llegaba la hora del cole y no regresaba. Muchas veces entraba a rastras al colegio, para que no me vea la directora, que tenía su despacho a la mano derecha de la entrada. Papá me decía; venga pasa, pasa!!
Claro, pero no había desayunado y muchas veces ni comido. No era que tuviera hambre, por que en casa siempre había fruta y me gustaba. Cuando iba sin comer, mi padre se presentaba a la hora del recreo y me llevaba la comida. Muy pocas veces comía, porque no me entraba o sentía vergüenza de comer.
Una hora antes de la salía, si mal no recuerdo, tres veces por semana, algunas niñas íbamos a otra aula, en la cual nos daban leche de soja y cachanga, a mi me encantaba. Con el tiempo me enteré que era una aula de soporte alimentario.
Después cuando teníamos la juguería, el tema de la alimentación mejoró porqué contrataron una persona que ayudaba y se encargaba también de las comidas.
Saliendo del colegio nos íbamos con mi hermana a casa de nuestros primos Bernardo, Oswaldo, Alicia, Sonia, Cecilia Capuñay Sandoval, donde teníamos pensión. También hacíamos las tareas y por supuesto jugábamos sin parar, guardo muy bonitos recuerdos de ese tiempo.
El Colegio 314, queda al frente de la Plaza de Armas de Chimbote, es un colegio pequeño, pero me agradaba por que se sentía calidez humana. El colegio era de niñas, eran muchas por conocer.

Los primeros días de clases ella me escogió como amiga, se acercó hacia mi y me hablaba sin problemas, no sé que me vería de bueno.
Cuando se elegía la brigadier de clase, ella casi siempre salía escogida. Era respetada y escuchada, tanto por las compañeras, como por las profesora y la directora.
Mi amiga se sentaba de las primeras en el aula, y yo por el medio. Eso si, no jugaba vóley, pero yo para eso tenia otras amigas.
Cuando me metía en algún problema, ella aparecía, era neutral, pero se daba el tiempo para aconsejarme y orientarme.
En clases yo era igual de tranquila y callada, me gustaba escuchar lo que explicaba la profesora, sobre todo temas de letras, porque las matemáticas ya sabíamos que no era mi fuerte.
Lo que también me costaba era tomar los apuntes en clases. Yo venía de otro colegio y esto no lo habíamos trabajado. Yo cogía hojas sueltas y no las ordenaba, ni numeraba, por lo cual no podía pasar en limpio las clases.
Casi al final del curso la profesora ponía la fecha para revisar los cuadernos, Se escogía el mejor cuaderno, y asignaba una nota por su estado. Claro la mayoría de mis compañeras tenían verdaderas preciosidades por trabajarlo todos los años. Yo revisaba mis apuntes y ni nisiquiera yo entendía mi letra, eran jeroglíficos, no me podía poner al día, ni estudiar.
Ella era siempre mi salvación, le pedía que me preste sus cuadernos y nunca me decía que no. Las primeras veces me prestaba sus cuadernos y me los llevaba a casa para copiar aproximadamente ocho meses de clases, por cinco cursos que llevábamos. Después solo los podía copiar en su casa, me demoraba más tiempo, pero me gustaba disfrutar de su compañía y estar en su hogar. Su madre era muy dulce y cariñosa. Nos traía siempre algo de merienda.
Ver su cuaderno, realmente te entraban ganas de estudiar. Los títulos de un color, los subtítulos de otro y el contenido con el bolígrafo color azul. Cuando comenzaba ha escribir dejaba un espacio de sangría diferente que el texto en general, sus anotaciones eran concretas y legibles.
Yo comenzaba a copiar con muchas ganas, motivada, pero pensando siempre en el poco tiempo que tenía.
Mi amiga siempre me decía, «Mónica pero que haces en clases, y después en casa porqué no pasas con calma la lección y así te sirve para repasar la lección».
Yo comenzaba copiando cada asignatura con todos los colores, espacios y demás. La letra con esmero, pero conforme iba pasado el tiempo, veía que no avanzaba y aceleraba, perdiendo por el camino los colores y al final todo el cuaderno era totalmente azul. Por otro lado la letra se me iba deformando más y más. Me dolía el dedo de tanto escribir, pero al menos entendía mi letra para poder estudiar y aprobar las materias.
Yo intentaba seguir sus sugerencias, pero me duraba poco. El ultimo año de primaria mejoré mucho ese aspecto gracias a ella. Eso sí, me encantaba forrar los cuadernos y libros, con celofán y ponerles imágenes o papel de regalo diferentes.
Mi amiga estaba muy implicada en la Iglesia San Carlos Borroneo y en las actividades de los jóvenes. Siempre me decía a mi y a mis padres lo importante de las relaciones humanas. Recuerdo el último año que me iba a buscar. Yo esperaba atenta y apenas la divisaba fuera de la juguería, avisaba a mis padres y ellos me dejaban salir con ella por que les gustaba su familia y educación.
Íbamos a misa y también me llevaba a las reuniones de jóvenes católicos. Llegábamos al local de las reuniones y ella con el garbo que la caracteriza, entraba sin más y se acoplada al grupo. Conocía a todos chicos y chicas. Yo avergonzada y tímida me quedaba atrás, no atinada a decir nada, solo la observaba y la admiraba.
Recuerdo que incluso participa en la organización, manejaba el grupo y salía hablar delante de todos, y yo no podía ni imaginarme hablar con gente desconocida.
Todo y que siempre me insistía, yo fui a muy pocos encuentros, no me sentía cómoda y en la juguería me necesitaban.
Al pasar a secundaria, ella y otras amigas fueron al colegio Mundo Mejor, otras al Colegio Santa Rosa y otras al Colegio Inmaculada de la Merced, donde yo estudie.
Mis padres eran algo conocidos, lo cual no era de mi agrado. En el Colegio Inmaculada éramos muchas, muchas aulas por cada año, y así podía pasar desapercibida. El colegio era enorme, mi aula era la D, en ella también estaba mi compañera Dina Montañes, del Colegio 314, con quien terminamos la secundaria. Dina era una niña muy noble, alegre y divertida.
Lamentablemente ya no fui más a casa de mi amiga, pero ella siempre iba al negocio familiar para saludarme.
Cuando me preparé para la confirmación, en la Parroquia Santa Teresa de Ávila, del Trapecio, le pedí que fuera mi madrina, y ella me acompañó ese día tan especial.
Curiosamente años después, el día del examen de Admisión a la Universidad en Lima, nos encontramos y nos deseamos suerte.
Una Navidad de las que regresaba a Chimbote por vacaciones de la universidad, estuve ingresada en la Clínica San Carlos. Ella se enteró ya que siempre me buscaba para esas fechas. Mi familia trabajaba en la juguería, eran días de mucha venta. Fue mi amiga de siempre quien me visitó y acompañó. Me sentía sola y recuerdo que lloramos mucho ese día, como lloro hoy al escribir estas líneas.
Pasados 30 años aproximadamente, cuando mis padres estaban hospitalizados a pocos días de su partida, ubique a Carmen. En Facebook me identifico con otro nombre, pero sí con algún apellido de mi familia, por eso no me pudo encontrar. Solo le dije hola y ella de seguida supo que era yo. Hablamos mucho por todo el tiempo que no nos veíamos. Ahora de repente podrás entender muchas cosas mías, que ni yo quise entender en su día.
El tiempo había pasado pero aquella preciosa amistad esta siempre en nuestros corazones.
Mónica te presento a mi padre, dentro de mí dije es el alcalde, mi amiga es hija del alcalde.
Aquel Señor con tanta presencia, nos preguntó como nos iba y se sentó a tomar un whisky, mientras mi amiga le explicaba lo que hacíamos, yo en silencio los observaba, tenían muchos rasgos parecidos, elegantes, altos, con clase, pero para mí, lo que más me llamaba la atención, era verlos mimetizados entre sí, cuando hablaban desprendían ese halo de seguridad, buen corazón, respeto y educación.
El Dr. Manuel Antonio Torres Montoro, era el padre de mi amiga, no era el Alcalde, fue mucho más que eso, periodista corresponsal del Diario La Prensa, Abogado, Regidor y miembro honorario del Rotary Club de Chimbote.
También fue Juez y Subprefecto y por supuesto un hombre honorable y respetado. Que en paz descanse y de Dios goce.

