LLAPO II
El suelo se movía, todo giraba y giraba. Un dolor implacable de cabeza, parecía que me iba a estallar.
Mi madre nació en Llapo, Ancash, vivió hasta aproximadamente los 16 años. A lo largo del tiempo mi mamá ha mantenido y no ha querido vender las casas y terrenos, al contrario, ha adquirido algunos terrenos más por la zona. Cada año para el mes de noviembre visitábamos el pueblo por sus fiestas costumbristas. Casi siempre llegábamos de noche o de madrugada.
Mamá me decía que no me duerma y hasta cierta edad, papá hacía dos viajes, nos llevaba cargadas a una en cada brazo y yo por el camino ya iba votando mis tripas.
Hacía un frío terrible, dormíamos mi hermana y yo en un catre, de esos que terminas siempre en el centro, mamá y papá en dos catres juntos.
Recuerdo el fuego en la lámpara y el olor a kerosene, que me gustaba. La luz de la lámpara hacía sombras en las paredes y yo me imaginaba monstruos que venían a atacarnos. Llegada la hora de dormir, yo le pedía a mi madre que no apague la luz y ella siempre me explicaba que era peligroso dejar encendida la lámpara. Despertaba una y otra vez y no sabía si tenía los ojos abiertos o cerrados, porqué la habitación era muy muy oscura. De repente caía dormida y papá ya despertaba. Abría la ventana pequeña de la habitación, la luz invadía la habitación. Yo me giraba para poder seguir durmiendo.
Papá le decía a mamá: prenderé el fuego para tomar desayuno. Al rato me despertaba aquel agradable y suave olor a leña, se veía el humo que salía de la cocina.
Mamá se levantaba, nos despertaba para desayunar.
En la calle de subida, estaban las dos habitaciones, al costado había un portón grande por donde se bajaba al patio, el cual estaba rodeado por; el almacén para las maderas, la cocina, un horno de barro y otro espacio donde se guardaban los animales.
Cambiadas, las tres bajábamos a la cocina, pero antes mamá cogía un barreño de fierro con agua para lavarnos. El agua la calentaban, cuando metías los dedos, era tibia, pero al echártela a la cara se enfriaba y te dolían los dedos hasta que te secabas bien.
Traté de levantar la cabeza para ubicarme, buscaba la ventana del cuarto, pero me caí de pleno. Desde el suelo pude ver un inmenso y precioso cielo celeste, completamente despejado. Me dolía hasta mover los ojos. Divisé la ventana de la habitación, era pequeña. Papá ya me tenía en brazos y me llevaba a la cocina. Mamá le decía, igual que siempre, seguro que es el mal de altura.
La cocina era grande y me sentaban en una banca hecha de barro empotrada a la pared, me arropaban y desde ahí, como si fuera hoy, veo la cocina de leños, el color fuerte y abrazador del fuego, el olor peculiar y diferente, a mamá… buscando el medicamento en su bolso, papá… cargando los leños para echarlos al fuego y a mi hermana… entrando y saliendo sin problemas.
La casa la encargaban para cuidarla, y hasta mis 12 años mantenían cuyes en la cocina. La puerta se cerraba por el frio. Papá salía y entraba trayendo entre otras cosas, la alfalfa para los cuyes.
Ya había tomado la pastilla, no me estallaba la cabeza, pero sí me sentía ralentizada y el vértigo era menor.
Al momento tocaban el portón de casa a golpes, papá subió las escaleras para abrir, llegaban tres amigas de mamá, que no paraban de hablar. Sentía que me tocaban, me daban besos y cariños y yo, tal muñeco de trapo, de aquí para allá. Una de ellas, le pidió a mis padres para llevarnos a traer la leche de cabra. A poco, yo ya iba cogida de la mano de la señora. Sus manos secas y cuarteadas por el tiempo y sus trabajos diarios, me cogían con fuerza.
Por el frío y la medicación tenía acartonada hasta la lengua. Yo no veía diversión en observar las cabras. Al costado de las cabras, había una olla grande con leche. Odiaba la leche y la nata, pero esa leche tenía una súper nata, enorme y gruesa, flotando como una isla. La señora nos sirvió dos tazas con poca leche. Estaba tibia, recién extraída.
Me acordaba de lo que nos enseñaba siempre mamá, «reciban lo que se les da y aunque no les guste, intentar comer algo para no ofender a quien nos invita». Sentí los ojos de la mujer mirándome, esperando que tome la leche, atenta…, al no moverme, me ayudó inclinando el vaso, pero… al primer intento, vomité encima de la pobre mujer. Es que la leche no tenía café, ni Milo y menos azúcar. No pude, por más que lo intenté. La mujer nos regresó de seguida a casa de la abuela Carmen, cargando la leche. Le explicó a mis padres lo sucedido y ellos le dijeron que yo era muy especial con la comida. Uff gracias a Dios volvían a dejarme en la banca de barro, abrigadita.
Me entretenía mirando a los cuyes correr de un sitio a otro, buscando la alfalfa. Los ojos se me cerraban poco a poco, quedando atrapada por un sueño agradable y placentero. No sé que tiempo paso, solo que me despertó las ganas de ir al baño. De las primeras veces recuerdo que mi madre me llevó, pasando el patio de la casa, donde había un muro mediano y un espacio para pasar a un descampado lleno de arbustos y mala hierva. Tras del muro, mi madre me dijo venga orina!!! Yo le pregunté; donde??, ella me contestó; aquí no hay baño. Por Dios, ahora que hago…, traté de hacer como si me sentara, pero el vértigo me desestabilizó. Mamá me cogió de seguida de la ropa de la espalda y volvió a decirme; orina. Yo sentía que orinaba mojándome hasta los pantalones, las primeras veces. Después utilizaba la bacinilla, para evitar accidentes.

En Llapo el tiempo pasaba muy lento para mí, pero si mal no recuerdo nos quedábamos una semana en el pueblo. Cuando no me estallaba la cabeza, me sentía ralentizada por la medicación y me costaba mucho subir o bajar las cuestas, ya que en Llapo todo iba de bajadas o subidas. De la plaza del pueblo, subíamos a casa, para el cementerio teníamos que subir más, y luego a visitar la casa del mayordomo, donde todos comían y bebían a no parar.
Mi madre cocinaba cuy chactado, era una delicia, invitaban a los amigos de la familia, los cuales siempre nos llevaban de todo; queso, carne seca, cebada, arroz, etc. A mi me encantaba la machca y el trigo con azúcar, podía comer todos lo mismo.
Mis padres también llevaban cosas para regalar. Una de las casitas que visitábamos, era de una sola habitación pequeña, era habitada por una señora mayor de edad, pequeña, jorobada, no podía caminar. Su aspecto era doloroso, delgada, pálida, sus manos temblorosas, pero su mirada era tierna y agradable. Papás la saludaron cariñosamente, hablaron por un buen rato con ella, de sus hijos que estaban en Lima, que ya no tenía animales y sus tierras no tenía quien las cultive. Mamá le entregó una caja con ropa y abrigo y otra con víveres.
Yo no me apartaba de mis padres, pero tampoco de la dulce mirada de la señora, la cual se arrastró hacia un costado donde tenía sus cositas. Traía en la mano una pequeña bolsita muy envuelta, cogió mi mano y me la dio, me dijo; me he enterado que te gusta la machca, es para ti concluyó. Yo no atinaba ha nada, pensaba lo que mamá siempre decía y por otro lado pensaba que aquella señora me estaba dando de lo que prácticamente ni tenía. Papá me dijo, venga toca agradecer. Me puse de pie, y ella tiró de mi abrazándome, me quedé en su falda hasta que nos despedimos.
Las cinco noches de fiesta había guerra de bandas. Hay madre mía… ya se pueden imaginar, al menos cinco bandas tocando a la vez. Los bombos me retumbaban en el estómago y la cabeza. La gente bailando, tomando y si tenias que hablar, era a gritos. Claro eso horas de horas. Yo me mantenía cogida de la pierna de mi padre. Llegada una hora, papá me llevaba en brazos y mi hermana iba caminando y conversando amenamente. Yo solo quería llegar a casa de la abuela.
Papá nos ayudaba a cambiarnos, nos arropaba y nos explicaba que regresaba con mamá por la fiesta. Mis miedos me jugaban una mala pasada, todo y que dejaban la lámpara encendida, yo me ponía a pensar en los fantasmas, y mi hermana que no paraba de hablar del tema.
Después de un buen rato, caía dormida y a las justas escuchaba a papás llegar.
Otra tema era la visita al cementerio. Quedaba más arriba de nuestra casa, yo subía pegada a las casas agarrándome de las paredes. El cementerio no era muy grande, algo así como un campo de fulbito. Estaba cercado por paredes no muy altas y un portón grande.
Mi madre ubicaba el nicho de mi bisabuela, de mi tía y de alguien más y a limpiar. Todo era roca, la hierva mala se pegaba a la piedra como si fuera su última salvación, y nosotros s mano tirando de ellas hasta dejar algo decente los nichos. Mi padre llegaba después trayendo las flores.
El día principal de la fiesta, se hacía una misa en honor a la Virgen de Copacabana, de la cual, mi madre era muy devota.
Ese día, nos despertábamos temprano y papás nos bañaban con agua calientita en la cocina en un barreño grande de fierro.
Nos poníamos la ropa de domingo y a la iglesia. Siempre siempre éramos los primeros en llegar. Mamá se acercaba al párroco y hablaba y hablaba, hasta que yo me volvía a dormir. La gente iba llegando poco a poco, la misa comenzaba sin mucha gente, pero terminaba repleta. Siempre las primeras bancas estaban reservadas para el mayordomo de la fiesta y su familia.
De repente entre cantos, sermones y liturgias, se escuchaba los estruendos ronquidos sin tregua de casi todos los asistentes. Para mí, era muy gracioso; llegaban todos formales y de repente todos inclinados o doblados, bocas abiertas o cerradas, roncando.
Terminada la misa, creo que el sonido de la banda los despertaba. Todos se arreglaban las vestimentas y ordenarán sus cabellos.
Ese día al ser el principal, salíamos temprano de casa de la abuela Carmen y no regresábamos hasta la tarde. Yo no recuerdo haber jugado con nadie, me echaban a un costado y yo feliz porqué así sentía menos los efectos del mal de altura o de las pastillas.
Al pasar los años, ya casada hicimos un viaje con mis padres a Huaraz, a visitar a mi tío Rogelio Yon Goín. Al llegar recordé el terrible dolor de cabeza que me daba en Llapo. Mi esposo se dio cuenta de seguida que era mal de altura, habló con papá para ir por medicinas, Sentados al fuego, les conté a mis padres lo mal que me sentía cada vez que íbamos a Llapo. Mis padres, no tenían ni idea lo mal que lo pasaba. Siendo Pata Salada tenía que tener cuidado. Lo cierto es que con la medicación, pude disfrutar del viaje y conocer el callejón de Huaylas, sin ningún problema. Fue uno de los últimos viajes que hice con mis padres.

