JUGAMOS A LAS ESCONDIDAS…??

Silencio, cierra con cuidado la tapa…


Nos quedábamos dentro, muy calladas, para que no nos encontrara. Era un lugar estupendo para escondernos.
Dentro se estaba muy cómodo, pero no se escuchaba nada de nada.


Derrepente abrí la tapa con cuidado y mi amiga, a la que le tocaba encontrarnos, estaba de espaldas, revisando otra zona, cerré nuevamente, muy despacio la tapa.


A los cinco minutos, escuche que nos llamaba, porque no nos encontraba.


Cuando vio que las puertas de los ataúdes se abrían, pego un grito de muerte, nunca mejor dicho…


Mis padres invirtieron sus ahorros y abrieron entre la calle Espinar y Villavicencio, en Chimbote – Perú, la funeraria Yon Goin.
Mi tío materno, Gerardo Yon Goín, tenía un arte maravilloso para tapizar los ataúdes, ya sea con razo o con pasta, haciendo tramados espectaculares.


Yo, tendría unos 8 años, y me podía pasar horas de horas, viéndolo trabajar. Disfrutaba pasandole las herramientas que necesitaba. Me maravillaba lo que hacía, era todo un arte.


Por unos años, nos trasladamos de nuestra casa de la Urbanización el Trapecio, a vivir al centro de Chimbote.
Al interior del local de la funeraria, mis padres acondicionaron un comedor y cocina, una habitación y un baño. Nuestros espacios se redujeron, pero estábamos juntos.


A mi, me trasladaron del Colegio Cervelló, al colegio 314, a tres calles del negocio familiar.


Una de las tardes que invité a unas amigas a casa, las vi que al entrar (se entraba por la puerta de la funeraria), cambiaron totalmente de cara, se quedaron pálidas y caminaban muy juntas, cojidas de la mano…


El local siempre tenía, unos 6 ataúdes en exposición, algún ataúd de niño, dos capillas ardientes de diferente modelos y precios, y una mesa escritorio para atender a los clientes. En horas que el local estaba cerrado, utilizábamos la mesa, para hacer las tareas del colegio.


Mamá invitó a mis amigas a pasar al interior del local. Habíamos quedado en hacer unas tarreas y después picar algo.
Mis amigas, me preguntaron cómo podía vivir en una funeraria…?? y yo les explicaba, que no vivía en la funeraria. Yo no veía cuál era el problema.
Era sábado, mis papás iban al cine.


Terminada las tareas, nos quedaba una hora para jugar, y no se me ocurrió otra cosa más divertida que jugar a las escondidas.


A una amiga le tocó buscarnos y mientras estaba contando para escondernos, le dije a mi otra amiga, que se sacara los zapatos (había que cuidar el negocio), y que nos metieramos en los ataúdes. Al principio ella, lo dudó, pero la travesura, pudo más que su miedo.


Ella escogió el blanco y yo un ataúd negro, precioso, con acolchado de lujo, en raso, era el más bello que había hecho, mi tío Gerardo.
El blanco tenía unos detalles en los agarradores de los costados, de color dorado que le daba mucha elegancia.


Los ataudes los pintaba mi tío Gerardo, o mi padre, para lo cual contaban con un motor compresor y una pistola de pintar. La pintura era lacada y tenía un brillo extraordinario. Para mi eran, como unas joyas preciosas.


Cuando logramos salir del ataúd, nuestra amiga lloraba desesperada, comenzó a darnos de golpes. Pobrecita, realmente se había pegado el susto de su vida.


El día lunes, en el colegio, durante el recreo, era el tema de conversación, no solo de mi aula sino de otras también. Todos decían, que yo vivía y jugaba en una funeraria. Me hice algo popular, y también me tenían más respeto.


Yo que sé!!! que se les pasaba por la cabeza, algo que para mí, era totalmente normal, porque era nuestra vida familiar.

VAMOS A POR MÁS!

RECIBE MIS ÚLTIMAS PUBLICACIONES

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *