Desde que nacemos, somos presa de los mensajes subliminales del amor perfecto y eterno.
Claro esto también trae consigo las expectativas y romanticismo del primer beso, firmado como un juramento hipocrático, en sus versiones; muñecos besones, telenovelas, literatura, novios que lucen sus besos, etc.
Todo nos conduce a crecer pensando que como el oro del anillo sella el valor del matrimonio, un beso fundido en el alma, tiene el don de unir dos vidas bajo un hálito de ternura y volcán.
En medio de todo esto, el Rey del deseo amoroso Cupido, hijo de Venus y Marte, pululando con sus flechas llenas de amor, que por cierto, en algunos casos estaría muy ocupado ensayando el tiro al blanco, ya que muchos terminaban la secundaria y aún no habían besado a nadie.
Claro, los adolescentes románticos, nos sentíamos carentes frente a esa aplastante publicidad engañosa.
Los diálogos internos iban y venían, en los que tratábamos de encajar que algún día aparecería el príncipe azul, que nos enamoraría, a quien le daríamos el primer beso de nuestra vida y nos uniríamos en matrimonio por siempre.
El debate interno terminaba en su mayoría echándonos las culpas de no ser agradables para alguien, llegando a pensar incluso que seriamos solteros eternos, no habíamos nacido para el amor, o terminaríamos permaneciendo al clérigo.
Muchos dijimos adiós al colegio y ni por eso Cupido tuvo piedad de nosotros, pero he de decir que algo tramaba.
Llegado el día, entre el fin del Colegio he ir a la Universidad, pasábamos por las calles de nuestro querido Chimbote, la Plaza de Armas hasta el Hotel Chimú, por lo iluminado de las zonas
Sé que tendría que decir como todos que fue un primer beso maravilloso, incluso por las fecha de San Valentín, pero mejor decir la verdad ja, ja, ja.
El encuentro se dilataba, por nervios de ambas partes. Ese día merendamos algo, fuimos al cine Premier y por último tomamos algunas cervezas, más por darnos valor que por otra cosa ji, ji, pero realmente todo fue una odisea, al no tener cultura etílica, con dos vasitos ya me había mareado,
al punto que me dormía, ja, ja, ja.

Recuerdo caminar hacia la Plaza Miguel Grau, frente al Hotel Chimú, nos sentamos en una saliente del malecón, escuchaba las olas reventaban, el fuerte sonido disimulaba momentos los silencios incómodos, pero como buena Pata Salada, el sonido del mar también me arrullaba. Tenía los ojos cerrados y por momentos cabezada durmiéndome.
Realmente penoso, no tenía la coherencia necesaria para acordarme que estaba haciendo ahí, ni del objetivo de terminar con la mala racha del primer beso…
Pero de repente… sentí un impacto muy fuerte y doloroso en los dientes delanteros.
Dios mío casi me deja desmuelada, ja, ja, ja, el golpe medio que me despertó.
Pero por Dios, no podía creerlo tanto pensar en el momento del primer beso de mi vida, para terminar pasándome de copas y encima por poco y tenía que ir al dentista de emergencia, ja, ja, ja.
A quién podía reclamar la sobrevaloración del primer beso?
Esa incoherente programación para algo ideal, pero que en la mayoría de los casos es irreal.
Concluyo indicándoles que las épocas han cambiado mucho, que se relajen y disfruten sin presionarse y que todo el mundo dirá que su primer beso fue maravilloso, aunque ahora ya saben, que para todos no es así y no pasa nada.

