De lejos parecía frágil, hasta poco segura. Pero la Mecedora desplegaba su encanto con sus listones finos de cañas de madera trabajados con delicadeza, curvos, de figura estilizada y liguera. Se imponía frente a cualquier mueble de la casa de mi bisabuela.
En aquella Mecedora descansaba el bisabuelo, llegaba a bañarse, comía y se sentaba en aquella esquina de la casa donde se podría divisar hasta el patio interior.


El bisabuelo conversaba con su esposa e hijos, entre ellos mi abuela Carmen, de como le había ido el día, del frío que le calaba los gruesos hasta que el trabajo pesado le hacía sudar.


Poco a poco mi abuela, que por ese entonces era una criatura se dormía al igual que sus hermanos.
Mi bisabuela se entretenía en la cocina y el bisabuelo cargaba con los hijos a la cama.


La pequeña luz que desprendía la lámpara mostraba la figura de la Mecedora proyectada a la pared, parecía una dama esbelta, elegante, a la espera del caballero que la saque a bailar.


El bisabuelo se sentaba nuevamente y de vez en cuando se inclinaba o empujaba con los pies la Mecedora y poco a poco la Mecedora bailaba hasta quedarse quieta, haciéndolo dormir.


Al morir los bisabuelos, sus pertenencias se mantuvieron en su vivienda. La abuela Carmen tiene su casita al costado de la casa de la bisabuela.
Cuando la abuela Carmen se casó con el chino, el abuelo Enrique Yon, este no se pudo aguantar bajar la Mecedora al gran patio familiar compartido entre las dos viviendas, donde se hacían las fiestas.


Por las historias que me cuentan, me parece poder verlo, alto, delgado, bien recostado en la Mecedora que le quedaba a medida, y los demás familiares e invitados sentados en bancas o sillas sencillas. Creo presentir que se sentía cómodo, extranjero Chino de los pocos en la Sierra y bien situado. El abuelo era comerciante y nunca se quedaba en casa mucho tiempo.


La abuela Carmen tuvo cuatro hijos, dos hombres y dos mujeres. En las reuniones familiares, ya de pequeño se le podía ver sentado a mi tío Rogelio Yon Goín en la Mecedora, él era muy parecido a su padre: alto, chino y de carácter. Pero siempre que terminaban las cenas o fiestas la mecedora volvía a su mismo lugar, a aquella sala de la bisabuela Francisca.


Cuando viajábamos a Llapo, mis padres tampoco nos dejaban entrar a la casa de los bisabuelos y mi tío ya no visitaba Llapo.
En noviembre del 2021, sin mis padres vivos, con mucho respeto entré a casa de mis bisabuelos. La luz de la puerta principal no llegaba a iluminar bien toda la estancia, solo veía sombras, pero al abrir las ventanas y la puerta del balcón pude divisar de seguida aquella Mecedora que según mis cuentas esta más de 150 años en la familia.


Toda la casa tenía una capa de polvo, mi padre había estado por última vez en noviembre del 2019, antes de la pandemia.
Me llamó sentarme de seguida en aquella Mecedora, por la cual mi tío, mi abuelo, y mi bisabuelo materno habían pasado.
Al recostarme, veía por el balcón el jardín y parte del valle, llovía y esa atmósfera aún le daba más encanto al momento, me mecí una y mil veces soñando despierta las escenas en torno a la mecedora que vivió mi familia.


El sonido de la lluvia me sumergió entre el sueño y la realidad, sentí mucha tranquilidad, y tuve claro que la mecedora se iba conmigo.
Viajé a Chimbote a las 3 am. un día de noviembre, el transportista acepto llevarla sobre 15 sacos de ají. La Mecedora hizo la ruta serpenteante de la carretera a Chimbote. Tres horas y media, por ratos me parecía que la perdería, aún bien amarrada se movía. Ya al salir el sol pude descansar al ver su sombra.


A media hora de Vinzos, se pinchó la llanta, veníamos cinco en el carro. Yo necesitaba estirar las piernas. Haciendo fotos de un puente cercano giré a ver si ya estaba cambiada la llanta y lo que vi me sorprendió.


Aún no habían terminado con la llanta, pero habían tres carros de la ruta, conocidos del chófer que lejos de ayudar a cambiar la llanta, miraban asombrados la Mecedora de los Yon Goín de Lora. Por un momento sentí que mis padres estaban felices y hasta riéndose de mi ocurrencia.
La Mecedora llegó a Chimbote con un solo clavito movido. La tuve en casa de mis padres, en el mejor lugar de la sala, donde ya no hay nada, me acompañó toda mi estancia en Chimbote.


Ya me hubiera gustado traerla a Barcelona, pero la tuve que dejar, eso sí en muy buenas manos, donde sé que la cuidarán y podre sentarme cada vez que visité mi querido Chimbote.

VAMOS A POR MÁS!

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