JUGUERIA MAR Y SOL II
Me gustaba caminar entre los árboles sintiendo los diversos olores. En verano los aromas de la fruta eran mucho más intensos, a mi me relajaban y muchas veces después de las faenas me quedaba dormido en el campo acompañado de los árboles frutales.
Mi padre nació en Chiclayo, vivían cerca de las chacras, rodeado de plantas frutales que nunca olvido, siempre que me hablaba de eso tiempos se notaba que eran años de su vida que apreciaba mucho. Posiblemente, porqué también estaba junto a sus padres y hermanos.
En la juguería, papá era quien se encargaba del negocio, mi madre ayudaba llevando las cuentas, nos enseñaba a llevar un cuaderno donde se apuntaba todo, pero todo lo que eran gastos del día, incluido periódico, caramelos, bolígrafos, papel higiénico, etc.
Siempre nos explicaba que un negocio implicaba llevar las cuentas para saber poner los precios a los productos, saber si era rentable, si se podía ahorrar, saber cuanto se podía invertir en el negocio e ir mejorando o creciendo.
Algo que le encantaba a mi padre era ir a comprar la fruta o materia prima al mercado. Se podía pasar horas mirando las frutas, su textura, aroma, forma y la fuerza de su sabor, eso le indicaba con qué podía combinarlos. Por ejemplo no se podía hacer Milkshake de naranja, pero sí leche aromatizada con naranja. Tenía una habilidad innata para trabajar la fruta y le apasionaba. Otro tema por el que pasaba tiempo en el mercado eran los vendedores, muchos de ellos cultivaban su propia fruta. A papá le interesaba saber de donde era la fruta, el tipo de riego que utilizaban, tiempos para la cosecha, etc. Tenía muchos conocidos en los mercados.

Al año de trabajo en la juguería, ya se había consolidado la venta de diferentes tortas; torta helada, queque, pionono, torta de chocolate, etc. leche asada, arroz con leche, mazamorra morada, sándwich, jugos de siempre, y Milkshake por supuesto.
Algunos fines de semana papás nos dejaban ir a la casa del Trapecio para limpiarla y distraernos con los amigos del barrio. Tendríamos 12 y 10 años, siempre nos mostraron mucha confianza, manejábamos las llaves de casa y el dinero que implicaba quedarnos de sábado para domingo.
Mi padre desprendía alegría y optimismo, era un eterno joven de corazón, al cual le encantaba hacer bromas.
En el local alquilado, teníamos un ambiente de cocina comedor, no muy grande, donde veíamos la televisión. Un día pasaban la película El Exorcista, yo nunca había visto una película de terror, tendría unos 11 años.
La juguería ya estaba cerrada, habíamos cenado y estábamos los cuatro atentos a la peli, comiendo palomitas, con las luces apagadas.
A mi la película me parecía siniestra y terrorífica, por momentos me tapaba la cara, los ojos, los oídos y me arrinconada a mi madre. Mi padre en una publicidad fue al baño, regresó y en otra propaganda fue al altillo de la juguería, que quedaba a espaldas de donde estábamos sentados.
Comenzó la parte más fuerte de la película, yo volteé a ver a papá y lo vi súper atento mirando la peli. Iban a exorcizar a la chica, todos metidos en ese momento, la chica comenzó a girar la cabeza, cuando de repente escuchamos un sonido fuerte y un chillido aterrador, que nos hizo gritar como locas. Yo hasta me caí del asiento. Juraba que la que se le torcía estaba atrás nuestro. Me cogí a las piernas de mamá, y ella al voltear, gritó Richard!!! como mamá… siempre acostumbraba a llamar papá, pero esta vez en tono exaltado.
Que había pasado…???
Atacaron a mi padre..???
Cuando en eso, escucho las carcajadas de papá, el muy condenado, había cogido dos tapas de ollas grandes de la juguería, se había quedado en el altillo, al parecer viendo la película, pero lo que estaba era esperando sigilosamente el peor momento de la película y saltó del altillo, chocó cual platillos las tapas de las ollas y pegó un chillido aterrador, ja, ja, ja, sí ahora me río, pero en ese momento me asusté mucho y me enfadé con mi padre.
El era un bromista nato, pero a quien se le iba ha ocurrir que haría eso.
En invierno había menos trabajo en la juguería, pero se había de mantener la atención. Hacíamos turnos por las tardes, para que no sea muy pesado. Tres tardes trabajaba mi madre y mi hermana y otras tres tardes papá y yo. Los domingos solo estaba abierto hasta medio día y se hacía cargo papá.
Yo le pedía hacer los trabajos internos; cortar fruta, hacer postres, lavar los utensilios, etc. y papá atendía. Claro está que cuando mi padre tenía que salir o había algún imprevisto, no me quedaba otra y atendía.
En verano contrataban a una persona para que nos ayude.
Tal y como papás lo planificaron, a los dos años de trabajo fuerte y ahorro, ampliaron la juguería. La gran ventana por donde se vendía en sus inicios, pasó a ser un portón grande de tres cuerpos, con un salón de buen tamaño, que aproximadamente tenía seis mesas circulares de cuatro sillas, cada una. Y una mesa cuadrada, que habitualmente utilizábamos nosotros.
Al ampliar la juguería, se redujo el poco espacio que teníamos de vivienda, por lo que regresamos a vivir a nuestra casa del Trapecio. A mi me encantó poder regresar a casa, ver a mis amigos, tener más espacio y disfrutar de las plantas de casa.

