Estudié en el Colegio Cervelló los tres primeros años lectivos. Pero me costó mucho adaptarme. Siempre estaba en casa con María, la señora que nos cuidaba, y mi hermana cuando regresaba del cole. Pero nunca me habían dejado en un lugar nuevo, con monjas y un montón de niños.
He de confesar que fui de esas niñas, que lloraba y lloraba, por no quedarme en el colegio. Recuerdo que llegaba a forcejear tanto por regresar con mi madre, que le rompía o sacaba alguna prenda de vestir, ya sea a mamá o a las monjas.
Por esos años la directora era la madre Goretti, que era mi tía, ella me llevaba a la dirección y me hablaba y hablaba y yo lloraba y lloraba. Mi madre recibía las quejas, y al ser profesora, cedió enseñándome en casa, el primer año escolar.
Los primeros días del segundo año fueron peor. Recuerdo despertarme a las 3 o 4 de la mañana, y suplicarle a mi madre, que no me lleve al colegio.
Algunas cosas que veía, también me asustaban. En esa época era lícito castigarnos poniéndonos de rodillas, sobre chapitas de gaseosas, o utilizar reglas largas para darnos en las palmas de las manos.

El colegio me parecía inmenso, por la mañana nos recogía el bus y también nos regresaba a casa al terminar las clases.
Durante la clases era cuando me relajaba un poco, me encantaba hacer manualidades, participar del coro, o de los bailes tradicionales.
Pero, la hora de la merienda, era para mi de nervios y angustia total.
Mamá nos preparaba la lonchera, siempre me enviaba, un sumo líder embotellado, una fruta que variaba según la estación del año, y un huevo duro.
Pero, para mi mala suerte, tenia una compañera de clases, que ni me hablaba, pero todos los días me quitaba mi lonchera, yo la recogía vacía, y ella lo único que me decía esta muñeca llorona y acto seguido se me caían las lágrimas.
Mi madre, a quien no se le pasaba ni una, me comenzó a preguntar donde ponía los desechos. Yo intentaba excusarme como sea, pero no era fácil. Hasta que me dijo que para creerme que comía, le traiga lo que quedaba.
Y yo que podía hacer… ?? pedirle a esa niña que me deje los desperdicios en mi lonchera…???
Algunos días, pillaba algo de otra compañera, para ponerlo en mi lonchera, y también llegué a coger desperdicios de la basura. Pero eso, era un sin vivir para mí, ya que al llegar a casa, mamá no paraba con el interrogatorio.
Algunos días de la semana, nos íbamos a pasear y merendar a un campo de pinos frente al colegio. Mi famosa compañera, siempre me empujaba hacia atrás. Yo no tenía ni idea, de como solucionar esa situación. Me quedaba callada y de lejos seguía al grupo.
Un día, al dejarme atrás, y después de cogerme la lonchera, vi a mi hermana, dos años mayor que yo, que estudiaba en el mismo colegio. De repente me dijo; vete con el grupo, ella se quedó con mi compañera. Después de un rato apareció, con los ojos medios llorosos y me entregó mi lonchera. Yo de los nervios, no atinaba a comer, hablar o jugar.
Pasó una semana en que me dejó merendar tranquila, pero nuevamente comenzó, esta vez con amenazas y empujones, que no diga nada, o me pegaría, etc.
Volvimos a lo mismo, llegar a casa, sin nada en la lonchera. Mi madre me dijo que hablaría con la profesora y yo temblaba.

Al día siguiente, comenzando la hora de recreo, vi a mi compañera de clases, entrar a los servicios higiénicos. En esos años, yo no jugaba durante el recreo, solo me quedaba sentada mirando. De repente me sorprendió ver a mi hermana saliendo de los servicios, al rato salía mi compañera, con la cara desencajada.
Desde ese día nunca más me volvió a quitar mi lonchera. No se que pasó, y la verdad, no quería ni saberlo.
Ahora me tocaba lidiar con la merienda, abrir la lonchera todos los dias, e invadir el aula con el olor fuerte a huevo, realmente me daba vergüenza, así que trataba de tragarme el huevo de una sola pasada, debido a lo cual en varias ocasiones la monja tenía que ayudarme a respirar y tratar.
Tema aparte eran los cumpleaños, la mayoría de compañeros, vivía en la Urbanización Buenos Aires. Mi madre siempre me insistía para participar.
Era pequeña, pero me daba cuenta que al llegar a las casas, estas eran muy diferentes que la mía, la mayoría tenía piscina y eran inmensas. Tocaba el tiemble y siempre me atendían sus empleadas con uniforme, y al entrar veía a todos los compañeros jugando y disfrutando con ropas de colores. Yo bajaba la mirada y siempre me encontraba con el color gris de la falda, y la blusa blanca del uniforme del colegio.
Sabía que en casa el dinero faltaba, pero porqué me enviaban a ese colegio…???
Al terminar el tercer año, mis padres ya no podían solventar los gastos del colegio y me trasladaron al colegio 314. Había alumnas todo tipo de clases sociales, gracias a Dios.
El primer día, creo que hasta me orine de los nervios, la profesora muy amablemente me llevó aparte y me ayudo a solucionar el incidente.
El colegio era más pequeño, pero lo sentía más cálido. Al pasar los días me fui relajando y pude hacer amigas, estudiar, jugar y divertirme.

