Mi madre era una persona disciplinada, estudiosa, y exigente. Al llegar de trabajar del colegio, nosotras ya habíamos comido.
Ella se daba un baño y abría la funeraria por la tarde. Por la mañana atendía el negocio mi padre, así por la tarde iba a los hospitales en busca de clientes.
Nosotros nos quedábamos haciendo tareas en la mesa de la cocina comedor. Yo tendría unos 10 años, y recuerdo voltear a ver a mamá y encontrarme con su silueta, la cual destacaba por el que entraba por los ventanales de la funeraria.
La veía escribir, repasar los trabajos o exámenes de sus alumnos o leyendo algún libro.
El viernes por la mañana, mi padre abrió la funeraria. Entraron tres clientes, dos señores mayores y uno de ellos un poco más joven.
Mi padre, tenía buen olfato para las ventas. Él siempre decía que nos teníamos que fijar en el rostro, los ojos, su ropa.
Los Señores se acercaron directamente a un ataúd, pidiéndole a mi padre que haga todas las gestiones para la venta, velorio y entierro.
Mi padre de seguida les dijo que era uno de los ataúdes más lujosos, pero ninguno de ellos les prestó atención.
Mientras sacaba los documentos, le enseñó el catalogo, de las capillas ardientes. El más joven y más afectado por la muerte, según había valorado mi padre, pidió la de bronce. Todo era muy rápido, lo indicaba una venta segura.
Esa tarde, el sol ya se había ocultado. A mi madre siempre le gustaba tener la funeraria bien iluminada, y que no faltara nunca la ruda y las flores. Como reloj suizo, todos los días dejaba el escritorio, para encender la luz, luego se daba una vuelta por el local, y salía hacia la entrada, volviendo después a su pose habitual.
Mi padre preparaba algo para cenar y nosotros íbamos terminando las tareas.
Aún no eran las 19horas, cuando mi madre entró al comedor, con la mano en el corazón.
He visto un alma!!, anunció. Nosotras nos quedamos quietas, papá apagó los fogones y vio si había alguien. Yo le pase agua a mamá y luego ella nos explicó los detalles.
Mamá estaba revisando unos exámenes y algo le llamó la atención. El escritorio quedaba un poco más atrás de la línea de los ataúdes de exposición.
Levantó la mirada y se encontró con…alguien??, era mujer, la cual la miró por el rabillo del ojo y acto seguido, se acercó a un ataúd en especial. En ese momento mamá parpadeó, intentando ver si era algo que le había entrado a los ojos, pero no…, seguía ahí.
Para esto, mi madre ya se había puesto de pie y de repente ya no la vio más.
Como siempre nosotras preguntando de todo; mamá cuanto tiempo estuvo, ella contestaba menos de un minuto, como te diste cuenta que era mujer…? yo preguntaba.
Mamá se puso de pie y papá le dijo, si quieres yo cierro. Mamá asintió y se dirigió al baño y yo no me separaba de ella, aún no le habían bajado los latidos del corazón.
En casa los fines de semana, mi madre sobre todo, contaba cosas que pasaban en la sierra, yo escuchaba atenta a los relatos, pero luego era incapaz de pasar solos por otra habitación sin luz.
Llegada la tarde, del día viernes, mi madre vio cambiada la exposición y antes de terminar de fijarse mi padre entró a la tienda. Esperanza!! hemos tenido una venta rápida, sin mayor esfuerzo.
Mi madre le dijo, has vendido el ataúd marrón, y papá seguía explicándole, vinieron tres hombres, mamá le dijo, pero el ataúd era para una mujer…entonces papá se detuvo y miró a mamá atentamente.
Mamá se ubicó donde estaba el ataúd que habían elegido y papá le dijo, Esperanza, la mujer era joven, vivía por la zona, tuvo un accidente de coche y había quedado en coma, al quinto día falleció. Deja dos hijos pequeños.
Llegada las 17 horas, se presentó, un señor para cancelar la segunda parte del contrato. El pobre hombre estaba desecho. Mi madre le sirvió un vaso de agua.
Terminaron la gestión y mi madre le preguntó si estaba satisfecho con el trabajo, él hombre recién miró a mamá diciendole, estamos muy agradecidos.
Mi hija es la que falleció, vivimos a 6 calles de aquí y ella pasaba todos los días para ir a su trabajo por delante de vuestra funeraria.
El padre de la difunta explicó también, que días antes del maldito accidente, su hija le comentó a su madre, que había visto un ataúd precioso, color marrón.
Su madre se rió y le dijo, los ataúdes no son bonitos y su hija le contestó; si mamá, este es precioso, su madre rió nuevamente y ella le dijo; mamá, si algún día me pasa algo, quero que me entierren en ese ataúd.
Su madre le contestó, sería y cortante, no digas tonterías.
Mamá le extendió la mano para despedirse, y él padre de la fallecida le dio un fuerte abrazo.
No hubo más preguntas, ni respuestas.

