Raspadillas con hielo del Huascarán!!

Esta fue una de las primeras ideas de mi padre, lo intento unas 4 o 5 veces, pero el hielo era desigual y si traía el hielo tipo nieve, no aguantaba el viaje. Alguno de sus clientes más asiduos probó la raspadilla con el hielo del Huascarán. Pero he de decir que no todos los proyectos se pueden plasmar en realidad. En este caso económicamente era inviable.

Mi padre nunca paraba, era muy ingenioso y siempre tenía algo que construir, arreglar o transformar. Papá ideó un artilugio, para raspar el hielo de manera individual.

Hizo algunos bocetos y moldes. Para usarlo, la barra de hielo se cortaba de largo a la mitad. Se trataba de un mecanismo que llevaba una cuchilla e incluía la colocación del vaso, al revés, el cual se iba llenando a razón de ir pasando la maquina.

A la practica resultaba, pero solo para la fuerza de papá, nosotras íbamos muy lentas, con poca fuerza, se nos iba la máquina por los lados, deformando y desperdiciando el hielo.

Mi padre era feliz, compartía el proyecto con sus clientes amigos, los cuales lo motivaban aún más.

Si mal no recuerdo comenzamos a vender raspadilla el verano del 80,

Llegado el momento papá preparó tres jarabes: fresa, tamarindo y coco.

Siempre pensé que él soñó o elaboro los jarabes en su cabeza muchas veces, le fue muy fácil conseguir el amalgama perfecta entre la fruta, sabor y cantidad de azúcar.

Las barras de hielo las compraba mi padre, las traía en triciclo, o en algunas ocasiones en taxi. Había ocasiones en las que escaseaba por que se malograda la máquina de la fabrica.

Las barras median unos 20 cm. de espesor y de largo aproximadamente 2 metros.

Una vez en el negocio la barra de hielo se cortaba con un machete, tratando de que el corte sea lo más limpio posible, para no dejar astillas y desperdiciar el hielo. Luego se cortaba en cuadrados de unos 2 kilos cada uno.

Teníamos un espacio grande de depósito, donde quedaba el negocio anterior. Se ponía una malla para que no resbale el hielo mientras lo maniobrabas. Mi padre tenía unas manos grandes y mucha fuerza. Lo vi cortar el hielo y me pareció súper fácil, ji ji, ilusa de mí. Le pedí encargarme de ese trabajo. En casa no nos decían no vas a poder, simplemente te ayudaban, te enseñaban o lo hacías.

La primera vez que cogí el machete, recuerdo que era más largo que mi brazo. Mientras hacía otra cosa mi padre me miraba de reojo. Cogí el hielo girándolo en la lona, para cortarlo, pero el dolor del frío me invadía. Intenté utilizar unos trapos, pero se pegaba al hielo y le dejaba restos de hilo. Volví a utilizar las manos, papá no decía nada, pero sentía su mirada apoyándome.

El dolor me ganó otra vez, me fui de seguida a la cocina a traer agua tibia para detener el dolor. Al regresar encontré a mi padre ubicando la barra de hielo para que yo la pudiera cortar. No necesitamos decirnos nada, el siguió con su trabajo y yo volví el hielo donde lo dejé y metí rápidamente la manos al cubo de agua tibia, seguí hasta cortar el hielo. De rato en rato me iba mojando las manos. Mi padre me dejó sola en el almacén, algo que me dio más seguridad por que sabía que había visto que lo podía hacer.

El peso de las barras también me complicaba la vida, pero trataba de no pensar en ello y me distraía construyendo historias de otras cosas en mi cabeza.

Nunca me corte, mis manos eran más chicas que las de papá, por lo cual algunas veces me cayó el trozo de hielo de dos kilos en el empeine, duele horrible, yo pegaba mis gritos interiores, esos que te salen por los ojos en formas de lágrimas para que nadie te escuche, y luego por la boca diciendo maldita sea… ji, ji. El golpe dolía algunos días pero pasaba.

Yo claro que podía!!! todo con tal de no trabajar de cara al público.

Mis padres siempre cumplían con los horarios de apertura y cierre, haya o no clientes, nos explicaban que los clientes tenían que acostumbrarse a vernos y confiar que siempre estábamos.

A eso de las 20 horas, apoyaba más a papá, por que pensaba que los chichos de mi edad ya estarían en sus casas.

Iba conociendo mucha gente habitual. Alguna vez me dejaban propinas, la más alta, cincuenta soles por servir dos Milkshake, eran clientes habituales, recordaba lo que pedían, les gustaba conversar un rato conmigo, me preguntaban alguna cosa; como te va con el curso de natación, la edad, que curso más me gustaba, etc.

Su cuenta no llegaba a cinco soles. Era una pareja de abogados recién casados y al parecer les iba muy bien. El día que me dieron la propina tan alta me habían contado que tendrían un hijo y me hizo mucha ilusión, por ellos, se les veía enamorados. Tiempo después conocí a Carlitos su hijo, precioso como ellos, lo vi crecer por aproximadamente 5 años.

A la hora de las comidas, todos nos encontrábamos en la juguería, siempre teníamos reservada la única mesa cuadrada que quedaba al extremo de la entrada, ahí comíamos, hacíamos las tareas del cole, mis padres llevaban las cuentas y mi madre hacia sus trabajos de profesora y directora.

Ese año se vendió bien la raspadilla, pero aún no llegó a destituir al Milkshake.

“Detrás de las paredes que ayer te han levantado te ruego que respires todavía. Apoyo mis espaldas, espero que me abraces atravesando el muro de mis días, y rasguñas las piedras y rasguñas las piedras hasta mi”.

Rasguñas las piedras-Sui Generis.

VAMOS A POR MÁS!

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