Mi padre Don Mario Díaz Casas, tuvo seis hijos, trabajó en la Municipalidad de Chimbote, entidad que en el año 1976 tenía el Plan Municipal de vacaciones para los hijos menores de sus trabajadores. Las vacaciones eran del 15 de enero al 15 de marzo, en el Campamento Atahualpa.
Mi padre nos explicó que iríamos de vacaciones al Campamento, solos mi hermano mayor Víctor que por esos tiempos tenía 12 años, y yo Mario de 8 años. Yo estaba feliz de solamente pensar que pasaría todo el día en la playa jugando.
Nos recogieron un día lunes, en el bus amarillo que le llamaban burras (ruta de Bruces a la Plaza de Armas y viceversa).
Días antes le indicaron a mi padre que teníamos que llevar una mochila con lo básico; ropa; 3 shorts, 3 polos, calzoncillos, toalla, cepillo, pasta dental y jabón.
Según mi padre el Campamento Atahualpa lo administraba la Municipalidad de Chimbote.
Lo cierto era, que la mayoría de trabajadores eran de la Municipalidad.
Ya en el campamento teníamos asignado un monitor o guía, de unos 20 años, un joven atlético, al cual habían preparado para cuidar de nosotros.
Nos explicaron los horarios y las actividades durante el día. Nos avisaban por medio de un silbato.
El Campamento Atahualpa contaba con 6 vagones, de los cuales 2 eran destinados a las niñas y los 4 restantes a los varones. Cada vagón tenía 7 camarotes, éramos al rededor de 40 niños.
Los niños entre 8 a 10 años estábamos juntos, cada vagón dormía con su monitor. Aquí fue donde me separaron de mi hermano por temas de edad.
Yo dormía en la cama baja de la litera, todos teníamos una mesita pequeña, y la mochila tenía que estar al costado de la litera.
En el Campamento habían construido una caseta de vigilancia con un baño. Al frente de los vagones teníamos, tres baños, duchas y el tanque de agua.
El primer día fue de algarabía generalizada por ser todo nuevo para nosotros, pero llegada la noche me invadió una tristeza profunda por echar en falta a mi madre. Lloré varias noches.
Todos los días nos despertaban a las 6 am. Nos enseñaron a hacer la cama, asearnos, lavarnos los dientes y dejar todo nuevamente en orden.
A la media hora, se escuchaba el silbato y todos íbamos a la playa. Era maravilloso estar en la orilla del mar, haciendo los ejercicios que el monitor nos explicaba. Luego jugábamos todos, unas dos horas y terminábamos nadando en la playa.
El campamento contaba con una torre para el salvavidas, el cual venía a diario, unas horas. Aparte de estar en la torre observando si había alguna emergencia, nos explicaba donde eran las zonas peligrosas de corrientes para evitar accidentes.
A eso de las 8 am. Tocaban el silbato y todos nos dirigíamos a la parte alta del Campamento, donde habían construido un ambiente de unos 60 metros 2, con mesas unidas a las bancas, era el lugar donde comíamos.
Durante el desayuno muchos tenían sus toallas puestas.
Las comidas se servían en unas fuentes de metal (la conocían como gamelas) con divisiones, más una taza. Desayunábamos pan con mortadela, jalonada, mermelada, iban cambiando.
Terminabas de comer y se llevaban las bandejas.
De 9 a 11.30. Hacíamos manualidades, pintura, dibujo, la mayoría de veces de lo que habíamos visto en la playa; gaviotas, lobos marinos, pardelas, etc.
Yo me aburría, quería que pase el tiempo a prisa, para ir a jugar.
En el Campamento cocinaban a diario, recuerdo muy claramente a Don Pánfilo, el cual era un trabajador de la Municipalidad y un cocinero estupendo. Siempre era un deleite sus comidas, las cuales eran muy variadas. Comíamos; carne, fruta, y postre.
Después de la comida nos daban tiempo para descansar, pero no para dormir y a la media hora tocaban el silbato y volvíamos a la playa donde jugábamos unas 3 horas, de 14 a 17 horas.
Las actividades de dibujo, pintura, catequismo, etc., eran por la mañana o tarde, una vez al día.
El agua potable se cuidaba mucho, el monitor veía pasar a los niños uno por uno, y los que estaban realmente sucios los enviaba a duchar.
A diario iba un camión a llenar el tanque de agua y a traer el pan.
Yo conocía a los chóferes que eran de la Municipalidad, porque algunas veces acompañaba a mi padre, me llamaban «chinito»
El pan lo llevaban en bolsas grandes de azúcar, las cuales eran de papel. A las 6 am. Yo estaba alerta de la llegada del camión y me escapaba por la ventana del vagón a darle el encuentro a los chóferes, los cuales, al conocerme, me regalaban pan.
De 17:30 a 18 horas cenábamos, aprovechábamos la luz del día. El Campamento no tenía electricidad.
Por la noche no teníamos miedo, nos acostumbramos sin luz, eso sí, no salíamos de los vagones.
Contábamos con un vigilante de seguridad que rotaba cada semana.
En esos tiempos en el mar encontrábamos maruchas y muy-muy. Cada niño llevaba una bolsita de maruchas con las que jugábamos.
Durante el día me distraía, pero llegada la noche al ser pequeño la pasaba muy mal, extrañaba ver televisión, y a mi madre. Me preocupaba por ella, pensaba que no la volvería a ver.
En el Campamento Atahualpa, nos enseñaron educación y respeto, disciplina, orden, civismo. Guardo muy buenos recuerdos de los dos años que pude asistir. Por lo que sé, el Campamento sólo funcionó dos años.
Dedicado a los trabajadores de la Municipalidad de Chimbote.
Quiero agradecer a mi informante y protagonista de la presente narración, el Sr. Mario Diaz Villalba, por indicarme al detalle su experiencia vacacional en el Campamento Atahualpa, algo que siempre me llamaba la atención saber. Agradecer también su confianza en mi persona para narrar parte de su historia.
VACACIONES SIN MIS PADRES EN EL CAMPAMENTO ATAHUALPA

