¡No pienso tener otro perro en mi vida!
Cuando era pequeña, aparte de los juguetes, me hubiera gustado tener un perro. Alguna vez se lo pedí a mis padres, pero ellos se negaban, sobre todo mi madre.
Ella me explicaba que tuvo una mascota entre los 10 y 14 años. Me decía que era como su sombra, nunca se separaba de ella, pero murió con 4 años aproximadamente, y ella sufrió mucho cuando la perdió, y no quería ni pensar en tener otro perro con tal de no sufrir. Las dos veces que me contó sobre su mascota terminó triste y llorando.
Terminado secundaria me fui a estudiar a la Universidad en Lima. Por cosas del destino nos hicimos con una perra, cachorra, preciosa de pelo largo. La tuvimos con dos meses, era hermosa parecía un peluche, una bolita llena de ternura que solo buscaba estar al costado de uno entre juegos y mimos. Para mí fue una experiencia muy bonita.
Le pusieron el nombre de Pinky. Pero en la pensión en la que vivíamos no aceptaban tener mascotas y en menos de un mes la
perra terminó en casa de mis padres en Chimbote. Mi madre renegó un día entero. Pero Pinky se fue ganando su lugar en la familia.
Lo que me causaba mucha gracia era escuchar a papá con semejante vozarrón, gritar: «Pinky, Pinky» ja, ja ja.
Casi al llegar, la perra tuvo que ser operada por una obstrucción de la glándula salival la cual le extirparon. El pobre animalito pasó casi una semana sin poder moverse y mis padres cuidándola.
Pasado el susto la perra nunca más enfermó, mis padres la sacaban a pasear todos los días, juntos por mi barrio de la Urb. El Trapecio. Por el año 87, siempre la sacaban con correa que no era lo habitual en Chimbote y menos en el Trapecio, pero era para evitar que se perdiera, porque era muy juguetona, y como no la dejaban salir sola, cuando abrían la puerta, salía corriendo y mis padres tras ella a buscarla. No era una perra que tuvieran en la calle, porque tenían temor que se la lleven o que coma algún veneno.
Mis padres disfrutaron mucho de ella. La perra únicamente comía de la mano de mi madre, entrenada para que no recibiera, ni comiera veneno. La casa cambió mucho los sofás con mantas para que no los ensucie, y en la ropa siempre aparecían algunos pelos de la Pinky. Eso sí, la perra siempre estaba al lado de mamá.
Si mi madre estaba delicada de salud, aquel animalito lo sabía, no se movía de su lado, y cuando mamá bajaba las escaleras, la Pinky bajaba un escalón primero y le extendía la pata escalón por escalón para que se apoye.
Mis padres la consentían mucho, y ella siempre se sentaba en las piernas de mamá.
Todo y el cuidado de papás Pinky se les escapó alguna vez, y al poco vino con su domingo siete ja, ja, ja.
Mi madre casi se desmaya cuando tuvo sus crías, tuvo dos; una igual que Pinky y el otro, se supone, igual al macho, negro y algo pequeño. Mi madre le renegaba diciéndole; «con quien te has metido», ja, ja, ja. Mamá le hablaba como si de uno de nosotros se tratará.
Mis padres se quedaron con las dos crías: Rokito y Nany. Cada uno tenía un carácter diferente, eran muy tiernos, pero como Pinky ninguno.
Por esos años yo ya había terminado mi carrera y me quedé a vivir en Lima.
A mi madre no le gustó nada mi decisión. Y siempre me decía que Pinky era para ella como su hija, le daba cariño y compañía y que sería su heredera. Realmente era precioso tenerla, una excelente compañía.
Los hijos de Pinky murieron al rededor de los 5 años, les tiraron veneno por el frontis de casa, fue muy triste para todos.
Cuando mis padres viajaban a visitarnos a Lima o España, contrataban a una persona de confianza para que vaya a darle comida y a sacarla a pasear, pero se notaba que no la cuidaban bien, aparte la Pinky extrañaba a papás, y siempre la encontraban muy delgada y desmejorada.
Mamá decía que si se moría su Pinky ya podían enterrarla a ella con su fiel animalito.
La mascota de mis padres, Pinky vivió 15 años, había perdido la visión, pero aun así, se manejaba muy bien por la casa. La tuvieron que sacrificar porque sus riñones ya no funcionaban bien. Mi madre sufrió mucho, por buen tiempo la encontraban llorando, la casa no volvió hacer la misma, le faltaba la alegría de su bella mascota. Pasado los meses mi madre volvió a decir, que nunca más tendría otro perro y así fue.
Dedicado a nuestros compañeros fieles, a nuestros peludos, a nuestra manada, a nuestras queridas mascotas, por todo el cariño y fidelidad que nos brindan.
Si tienes alguna mascota, te invito a compartir su foto y dime cuál es su nombre, gracias.

