Pásame la llave cruz para sacar las llantas, guarda los tornillos, trae el gato, etc. Mis padres siempre quisieron tener un hijo hombre.
Papá era un manitas, arreglaba casi la mayoría de cosas que se malograban en casa.


Yo le preguntaba si había estudiado en la Universidad y él me decía que no pudo, porque su padre se marcho, dejándolos con mi abuela Anna y cuatro hermanos más.


Papá me explicaba que si quería arreglar algo, era importante la memoria, desarmar pieza por pieza cualquier aparato, dar con el fallo, arreglarlo y luego, volver a poner las piezas como las encontré. Claro eso cuando se podía arreglar.


Por eso, en casa de un manitas, siempre tiene que haber sitio, como decía mi madre, para sus fierros.


Cuando mi padre se ponía con sus fierros, siempre necesitaba un asistente y yo, era muy feliz de estar a su lado. Él me iba explicando lo que hacía, paso a paso, con un motor de ventilador, licuadora o el motor del coche.

Y siempre me dejaba algo con tal de hacerme dilucidar que haría yo, frente a lo que encontraba. Yo me sentía importante, sentía que me escuchaba, y al comer o cenar, comentaba en la mesa mis logros.


Por otra parte, mis padres nos educaron ayudando en casa en todo, si veías que llegaba la hora de cenar, no necesitaban ni decirlo, porque entre todos íbamos arreglando las cosas para comer.


Siempre teníamos tareas de casa, que mayormente mamá organizaba.


Tengo un lindo recuerdo de los domingos, cuando aún era pequeña y vivíamos en nuestra casa del Trapecio. Recogíamos la ropa que se lavaba los sábados, limpiábamos la casa, mamá cocinaba siempre algún plato especial.

A mi me encantaban los tallarines rojos, o los tallarines Chaufa. Terminábamos antes de la una, mamá nos ayudaba a bañarnos, poniendo como fondo, música criolla.

Recuerdo jugar con mi hermana y terminar de ordenar la ropa seca, mientras mamá se duchaba.

Papá llegaba se duchaba y comíamos juntos.


Una de las cosas que más me encantaba, era nuestra alcancía conjunta, para irnos de vacaciones. Un mes antes de viajar, contábamos el dinero que teníamos, para ver hasta donde podíamos llegar.


Nunca fuimos a ningún hotel, para qué…?? Si teníamos la gran Chevrolet.

La gran y enorme Chevrolet, era una furgoneta de esos años, con los techos altos y de fierro macizo, la Chevrolet ya tenía sus años y cada dos por tres tenía problemas mecánicos que mayormente papá arreglaba.


Digamos que la Gran Chevrolet, era nuestro hotel ambulante, o en estos tiempos una caravana, con una cama de más de tres metros, en la cual cabíamos los 4, y un baño inodoro incluido, el cual era un simple hueco en la carrocería posterior, suficiente para no necesitar buena puntería.


Mamá iba delante con papá y nosotras teníamos dos sillas de madera pequeñas, para ir sentadas en la parte trasera, o teniamos el colchón por si queríamos dormir.


Habitualmente viajábamos a Trujillo a visitar la familia paterna. Nosotros eramos la nietas mayores, y la abuela Anna, mis tíos y primos siempre eran muy cariñosos y amables con nosotros.


Un año, a un mes antes de salir de vacaciones, papá se fisuró la muñeca derecha, motivo por el cual le enyesaron hasta el codo.

Papás no renunciaron a nuestro clásico viaje de vacaciones, pero a papá se le veía muy incómodo conduciendo. No pasaron ni tres horas de carretera, y papá como nunca no hablaba mucho, de repente aparco la Chevrolet y sin mediar palabra, comenzó a darse de golpes en el volante, con el brazo enyesado.

Mamá le pidió que parase, diciéndole que nos iba a asustar, nosotros no decíamos ni mu, solo lo observábamos. Salió de la Chevrolet y a golpes terminó de romper el yeso de su brazo en el parachoques.

Al terminar, mamá le ayudo a limpiarse los restos y retomamos el viaje, sin mayores comentarios de lo sucedido.
Cuando llegó la hora de dormir en la carretera, papá nos explicó que tenía que sacarse el yeso o no tendríamos vacaciones.

Yo le pregunté, pero papá, te duele..??? Y recuerdo hasta ahora lo que me contestó, el dolor esta en tú mente, no pasa nada, estamos juntos y vamos a disfrutar.


Uno de nuestros últimos viajes fue a Ica, a casa de unos amigos de papás. Nos quedamos tres o cuatro días. La primera noche, mientras nosotros jugábamos con el hijo de la pareja a la cabaña, en la gran Chevrolet. Los mayores tomaban la Cachina (mosto, vino tempranero).

Llegada las dos de la madrugada nos fuimos todos a dormir. Al poco tiempo escuche a papá que apresuradamente salía de la habitación, se dirigió al baño y comenzó a vomitar una y otra vez. Escuchaba en la penumbra de la noche, que papá se quejaba y decía; «mamacita, hay mamacita, mamacita…»


Mi madre se levantó de seguida al reconocerle la voz, claro ella y todos los de la casa, porque papá ya gritaba.

Lo encontramos doblado en dos, sujetándose el estómago, en el suelo del baño, votando las tripas por la boca. Al principio me asusté, pero luego al ver a mamá y a sus amigos reír, comenzaron las carcajadas y yo tampoco pude parar de reír.

Ayudamos a papá y lo acompañamos a tomar algo para que le pasara el malestar.

A partir de esa fecha supimos que mis padres no toleraban el alcohol, mamá se excusaba diciendo que era alérgica, y papá como le gustaba reír y que la gente se divierta, contaba la anécdota del viaje a Ica, logrando así que no le insistan para tomar, más de una o dos copas.


Con mucha tristeza, la gran Chevrolet fue vendida cuando el negocio familiar de la funeraria se cerró.


La gran Chevrolet para mí era algo que recomendaría tener a las familias, era como meternos en una caja de música, todo era armónico y feliz Papás no marchaban a trabajar y nosotros tampoco íbamos al colegio.

Teníamos tiempo suficiente para compartir nuestras historias y vivencias, reíamos juntos y papás siempre estaban ahí cada vez que abría los ojos, me sentía tan protegida y cobijada.

VAMOS A POR MÁS!

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