LOS PRECIPICIOS DE LA VIDA – LLAPO I

Viajábamos a Llapo, como todos los años, al pueblo natal de mi madre. En este viaje yo tendría unos 10 años. La ruta se hacía en camión y el último tramo a pie, con caballos porteadores, debido a no existir carreteras asfaltadas ni seguras.


En el camión, solo habían dos asientos al lado del chófer y en la tolva, 4 o 5 asientos más, dependiendo de la gordura o delgadez de las personas. Los demás iban en la parte de la carga. Al principio la gente iba parada y al pasar las horas, sentados o echados.


En nuestro caso mis padres, siempre separaban un asiento para mamá adelante y tres para la tolva.


Después de horas de viaje, el último tramo caminábamos, los caballos llevaban la carga.


En el grupo, recuerdo haber visto una yegua con su potrillo a su costado todo el tiempo.


No había pista asfaltada, pero si tenia que pasar algún día un carro o camión en esos caminos, solo entraba uno a lo ancho y en algunos sitios a las justas, sobre todo en las curvas.


Lo que sí impresionaba, era ver los acantilados, estábamos a mucha altura y se veía muy, muy al fondo un río principal.


Camine y camine, yo no recuerdo haberme cansado, lo que quiere decir que era poco tiempo de camino para llegar al pueblo de mamá.
La gente caminaba pegada a la montaña y los caballos al costado.


Un gélido y aterrador gemido nos paralizó. Yo solo veía a los caballos detenidos cerca de la pendiente, papá y otros señores corrieron a ver que pasaba, cuando de repente me di cuenta que no estaba el potrillo.

En esos momentos ya habían divisado al porrillo a más de 5 metros montaña abajo. La yegua era la que había relinchado. Todos nos acercamos, mamá nos cogía de la mano y pude divisar con gran temor al potrillo, sus ojos redondos y oscuros, miraban con miedo y desesperación solo a la yegua.

El potrillo intentó remontar, pero se deslizó entre las rocas sueltas, medio metro más abajo, se escuchó como todos gritábamos.


Yo gritaba papá, papá por favor ayúdalo, papá!! Mi padre volteo a vernos y nos indicó que nos apartáramos, mamá trató de alejarnos, pero yo no me movía, para mí era muy doloroso ver la imagen.


De repente la yegua se escapó del grupo e intentó bajar por otro lado, en busca de su potrillo, pero resbaló y ahora ya eran dos en peligro. La yegua estaba a unos 3 metros de distancia.


Yo lloraba y lloraba y comencé a vomitar de los nervios.


Papá miraba como hacer algo por los animales. La gente hablaba y escuchaba entre murmullos que decían que había que dejarlos, que era muy peligroso rescatarlos y que les tendrían que disparar para que no sufran, yo ya estaba a punto del colapso.


De seguida papá y otro hombre le pidieron cuerdas al que llevaba el grupo.


Solo habían 3 caballos más. En el grupo lo formábamos: 8 hombres, 5 mujeres y 6 menores.


Mamá nos trataba de calmar, pero yo no podía, pensando en lo peor para esos animalitos.


La yegua y el potrillo de vez en cuando soltaban algún gemido estremecedor, sobre todo cuando sentían que se iban cayendo más.


Papá y los hombres comenzaron ha coordinar, a los caballos les taparon los ojos y los pusieron pegados a la montaña, les ataron cuerdas terminaban en tres lazos.


Uno de los señores que era más menudo y pequeño, se ofreció a bajar y lanzar a los animales. Al enterarse su mujer, gritó que no arriesgue su vida por un animal. Lo cierto es que para mí, la vidas de animales y personas valían lo mismo.


La mujer siguió hablando y gritando poniéndonos a todos mal, hasta que mamá le pego un grito y le dijo que colaborara, que todos estábamos nerviosos.


En eso, el hombre pequeño agarro la cuerda que llevaba mi padre para que bajé y se la puso a la cintura. Al poco ya lo vimos bajando, la montaña, iba lento, y asegurándose de cada movimiento. Papá y otros dos señores le iban dando cuerda para que bajara.


La yegua se resbalaba por el peso, pero el hombre calmado y sereno, le decía zoooo zooo, logrando que no se moviera. Cuando llegó hasta la yegua, le puso la cuerda al cuello y a las patas delanteras. Todos teníamos el corazón en un puño, la esposa del señor lloraba.


Cordada la yegua el hombre dio la orden de tirar. El que vigilaba a los caballos comenzó a caminar con ellos, el primer tirón fue fuerte.
Yo feliz!!!


Pero en ese preciso momento el potrillo, viendo que su madre se alejaba, dio un salto brusco… y se despeñó por el barranco, yo gritaba y gritaba no podía parar, mamá me tapo la boca para no espantar a la yegua.


Pararon de tirar de la yegua, pero acto seguido, papá grito: fuerte, tira, tira, tira fuerte. Yo no sé, si la yegua llegó a ver lo que le paso a su potrillo, no, no lo sé, en ese momento yo me hundía en el dolor.


El hombre pequeño estaba pálido y agarrado como sea de las piedras, papá y los otros dos señores comenzaron a tirar de él, pero yo solo le pedía a papá, no por favor, no dejes al potrillo, no lo dejes!!!


Cuando el hombre estuvo a salvo, papá corrió hacia nosotros, me alzó en brazos y me abrazo muy fuerte, muy pero muy fuerte y me dijo… Mónica el potrillo esta muerto…


Yo me abracé fuerte a él y le decía, papá no, no por favor, no.


Todos nos quedamos en shock. A la yegua, le pusieron algo para taparle la visión, le dieron unas zanahorias, curaron sus raspones con las piedras y por unos momentos todos nos quedamos en un silencio, como esperando aire para respirar.


Papito por favor no… no, papá me retiró de sus brazos y me dijo con voz fuerte, ya no se puede hacer nada, piensa que hemos salvado a la yegua al menos y que todos estamos bien.


Comenzamos a caminar nuevamente hacia Llapo, la yegua emitía por ratos, un sonido extraño, como una llamada o un lamento y yo volvía a llorar.


Llegamos al pueblo casi al anochecer, nuestra gente nos esperaba, se pusieron alegres de vernos, el grupo también se alegró, pero a mí no se me quitaba de la cabeza lo que pasó. Pensaba en la pobre yegua, en su dolor, en aquel potrillo que solo quiso seguir a su madre, y se despeño.


Han pasado muchos, muchos años, escribo estas líneas, y… lloro desconsolada, será por la reciente pérdida de mis padres y porqué ahora sé que hay cosas que no se pueden evitar, sea o no sean justas.

VAMOS A POR MÁS!

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