REMEMORANDO A NUESTROS SERES QUERIDOS

Muchas familias de la sierra emigraron hacia la costa, y nuestros antepasados, que fallecieron en la ciudad de origen, como es mi caso por parte Materna en Llapo, se quedaron sin nadie que los visite.

En noviembre del 202 fui acompañada de una amiga al cementerio de Llapo, a visitar a mis difuntos maternos; mi bisabuela y mi tía.

Recordaba que siempre que íbamos en noviembre para las fiestas de la Virgen de Copacabana, mi madre separaba tiempo para visitar a nuestros difuntos. Cargábamos botellas de agua, trapos, cuchillo y alguna herramienta, para limpiar las tumbas.

Sacábamos la mala hierva y rascábamos las paredes de la tumba para quitar el musgo que había crecido. Siendo dos tumbas, nos dedicábamos unas tres horas a dejarlas lo mejor posible.

Pasado 38 años, a las 8 de la mañana de un día de noviembre, el cementerio de Llapo aún estaba cerrado, entramos trepando por la pared lateral que es más baja. Como pueden observar en la foto no hay pasadizos, ni organización, las tumbas están por todos lados.

Recordaba muy vagamente como eran las tumbas y en que parte del cementerio estaban ubicados, lo único que tenía claro era que estaban cerca la una de la otra. Caminé revisando, trozo por trozo el cementerio, el cual no es muy grande, como el de Chimbote y no las encontré.

Fui hacia la entrada y traté de caminar, como recordaba que lo hacíamos con mis padres, leí cada nicho, nada… El tiempo fue pasando y no había manera, había recorrido el cementerio dos veces.

Lo único que me quedaba era poner las ofrendas y las velas en la cruz principal, de la fosa común del cementerio.

Traté de calmarme, recé, le hablé a mi madre y le pedí que me oriente para ubicar las tumbas.

Ya vencida, en dirección hacia la cruz principal, le hablé nuevamente a mamá y le decía; por favor no dejes que me vaya sin visitarlas.

De pronto, en la cruz vi una planta grande de geranios rojos, planta que no es habitual en Llapo, y que mi madre siempre tenía en la casa de la Urb. El Trapecio.

Pensé he de terminar aquí, me senté a unos metros, pero me llamó la atención que al costado había una pequeña planta de geranio, también rojo en una tumba. Eran los dos únicos lugares donde había geranios. Me acerqué a la tumba viendo la planta algo quemada por el sol, pero destacaba el precioso color rojo de sus flores.

El nicho dejaba entrever abandono, estaba lleno de musgo. Fui subiendo la vista y leí el nombre difuso; Consuelo, creí que era mi tía, pero no se leía mucho más. De seguida busqué en la tumba del costado los datos, y ahí estaban, después de 37 años volví a encontrar el sitio donde estaban enterrados los restos de mi bisabuela Francisca Goín y de mi tía Consuelo Yon Goín. Oh Señor, gracias, gracias mamá. Estaba feliz y llamando a gritos a mi amiga que me acompañaba.

Estaba muy emocionada por haberlas encontrado, sentí que mi madre me había guiado. Presencie las dos tumbas juntas, alcé la mirada para ver todo el cementerio, sus muros envejecidos oscuros, más poblado que antes, nos acompañaba esa atmósfera que detiene el tiempo con cierta tristeza, melancolía y paz.

Respiré profundo captando el olor a humedad, a cera de las velas, ha podrido de las flores en las botellas de plástico ya secas por el tiempo. Me senté y sentí claramente que mis padres me acompañaron como siempre lo hacían. Escuchaba el susurro de mi madre rezando y por momentos su leve voz quebrantada por su llanto lleno de añoranza y amor.

Después de haber terminado la limpieza, me costó romper la magia de ese momento, pero lo guardaré por siempre en mi corazón como un bello recuerdo.

Indicar que el origen del Día de los Fieles Difuntos se encuentra en el año 998, cuando fue instituido por el monje benedictino San Odilón de Francia. Esta celebración que tiene lugar el 2 de noviembre fue adoptada por Roma en el siglo XVI y a partir de entonces comenzó a rememorarse entre los católicos de todo el mundo.

Dedicada a todos nuestros familiares que partieron, que en paz descanse y de Dios gocen.

VAMOS A POR MÁS!

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